jueves 31 de diciembre de 2009

150ava: El hundimiento de una isla al borde: nueva entrevista con Chuck





Chuck Norris: ¡Sierra, tanto tiempo!
Sierra: Cincuenta entradas, para ser precisos.
CN: ¿Justitas?
S: Justitas, calculadas, casi.
CN: ¿Fue intencional?
S: Dejemos que sea un misterio.
CN: ¿Y Mónica?
S: Ah, mira, tuvimos problemas; estamos en una “separación de prueba”.
CN: Pero todo el mundo sabe que eso es mierda.
S: Claro, pero no podía sólo ir y decirle «Mira, bombón, ahora estoy con Lisa Cant».
CN: ¿Quién?
S: Lisa Cant. Incluso tiene nombre ad hoc. Me pasé a las modelos, como ves: es mucho más sabio.
CN: Ah, ya veo. Pero, ¿y qué pasó con Mónica? Se llevaban tan bien…
S: Era demasiado inteligente, hablaba demasiado…
CN: ¿Cómo?
S: Sí, demasiado inteligente. Podía decir palabras de más de cinco sílabas. Ya sabes que en italiano puedes agregar palabras indefinidamente a los números: vas diciendo quinientos-cuarenta-cuatro-millones-trescientos-treinta-tres-mil, etcétera. Una buena forma de determinar la compatibilidad de tu pareja es la siguiente: pídele que diga un número grande en italiano. Si lo consigue sin traspillar, es mejor que te consigas otra. Ese tipo de test no sale en las revistas de consultorio que tiene el tu dentista.
CN: ¿Y qué hay de… la belleza interior?
S: Mira, Chuck, te contaré un pequeño secreto profesional que saben muy pocas personas: las mujeres no tienen belleza interior.
CN: Oh, Sierra, ya sabemos que eres un animal con la boca llena de atrocidades y horrores, pero eso ya es pasarse.
S: Para nada. No hace sino confirmar la sabiduría de nuestro Creador. Verás: Al contemplar su obra, Dios se percató de que el atractivo del hombre es un dato sin interés, pues es sabido que las mujeres se irían con cualquiera que tuviese una billetera grande. Digamos, en el neolítico, el mejor cazador, aunque fuera un esperpento; hoy por hoy, una mujer se subirá con cualquiera que la saque a pasear en un deportivo, aunque sea Onasis. En cambio, en el caso de las mujeres, es sabido que lo único que importa realmente es su belleza física. Pobrecitas… Mire a Virginia Woolf o a… Mire a Virginia Woolf, que era inteligentísima y no consiguió tener amantes. Por lo tanto, para corregir el desequilibrio, el Creador las hizo en general seres inanes, carentes de toda inteligencia y de alma. No es algo vergonzoso que haya que acallar: es un hecho hermoso de la vida, como las alergias de la primavera, que no son sino producto del florecimiento de las cosas; o la menstruación, que permite la fecundación, etcétera.
CN: ¿Y eso cómo es un secreto profesional y no teológico?
S: Oh, no has visto mi película favorita: Mejor imposible. Le preguntan a Jack cómo lo hace para escribir tan bien sobre las mujeres: «pienso en un hombre», dice, «y le quito la razón y la responsabilidad». Cuando uno escribe tanto sobre mujeres, se entera uno de más cosas de las que ellas mismas saben. Con los hombres también sucede, naturalmente, sólo que lo que hay que saber de ellos es más simple, digamos. Nunca nadie se queja mucho de que no entienda a los hombres, porque son como perros o conejos, de mente sencilla; en cambio, las mujeres son imposibles de entender del mismo modo que es imposible entender una roca, o el canto de una puerta y la pata de una cama.
CN: ¿El canto de una puerta? ¿La pata de una cama?
S: Cosas contra las que te golpeas los pies cuando vas descalzo. No puedes entenderlas.
CN: Bueno, Sierra, aunque tengo un infinito interés en tu panfletarismo misógino, tenemos cosas importantes de las que hablar.
S: Sin duda.
CN: ¿Qué va a pasar con tu blog?
S: Me pillas de sorpresa. Cuando dijiste que íbamos a hablar de cosas importantes, pensé que querías confirmarme la maldad intrínseca de los lectores.
CN: Y dale con los pobres lectores. ¿Ahora qué te hicieron?
S: Los muy mezquinos se negaron a donar un miserable peso a mi causa. Yo todo lo que quería era comprarme un lote en una isla de Fiji. Hice aspavientos, un llamado a sus consciencias, incluso un ruego, ¡pero nadie se dignó a hacerme caso! Igual que un mendigo: si lo miras, te sentirás culpable, así que haces como que no existe. Mis lectores se entretuvieron mirando el anuncio que lleva un mes al lado derecho, arriba, en el blog, y no le hicieron caso. Seguro, incluso, que se aprovecharon y ahora alguno de ellos es dueño de MI sueño. Ladrones, usureros, tienen el corazón como el puño de un recién nacido.

(Se abre dramáticamente el suelo. Aparece el Fantasma de Sófocles)

Fantasma de Sófocles: Sierra, te estás repitiendo. Todas estas cosas ya las dijiste cuando este miserable blog cumplió 100 entradas; y te recuerdo que entonces dijiste que cuando alcanzaras las 150 sería una mala señal.
S: Sófocles tiene toda la razón, Chuck, pero como ahora mismo los tres somos personajes de ficción, diremos lo que nuestro autor quiere que digamos. Así que la propaganda misógina se queda como está; pero hablemos ya de este blog.
CN: ¡Es mi tema favorito!
S: Lógico. Una isla al borde llega hoy a su abrupto final.
FS: ¡Yupi!
S: Le recuerdo, queridísimo Sófocles, que Dionisos no lo sacó a usted de los infiernos, y por tanto no tiene voz sino para pasar de sicofante mío.
FS: Eso se debió a un lamentable error. Verás…, yo no estaba presente… 
S: Después de este lapsus, el lector ha tenido tiempo de respirar hondamente tres veces y contemplar en lo profundo del inmenso vacío que se cierne sobre su vida ahora que no tendrá estas amenas entradas para rellenar su existencia. Imagino que tendré que exponer mis razones:

La primera es de orden práctico. He archijurado que no volveré a escribir un relato menor a las 20 páginas aunque se me vaya la vida en ello. Ocasionales juegos de distracción pasan, pero va en serio. Sin embargo, me doy cuenta ahora de que, en general, escribir por debajo de las 20 páginas ya no es productivo. Para eso hay diarios y, en suma, montones de páginas manuscritas que se acumularán en cajones para que mis albaceas hagan con ellas lo que les plazca (una vez que yo las haya quemado; no soy como esos ingenuos, Virgilio y Kafka, que confiaron esa importante labor a terceros). Creo que si se practica la escritura por debajo de ese marco, se cae fácilmente en la tentación de hablar por hablar. Entiendo perfectamente que otros tengan cosas inteligentes que decir por debajo del marco; pero yo no tengo muchas cosas inteligentes que decir en términos totales, de modo que…

Además, estoy más que convencido de que los lectores fieles de este blog me soportan por una mezcla de cariño y masoquismo. A nadie le interesan realmente estas entradas, partiendo por mí. Preferiría —porque tengo, a mi pesar, un buen corazón— ahorrarles el sufrimiento.

En segundo lugar, razones de orden moral.  Algo huele a podrido en la blogósfera. ¿En qué se ha convertido? No le tengo tanto apego a la libertad como yo mismo pienso; es sólo que me parece que a máxima libertad, las atrocidades de unos compensan las de otros. Eso no obsta a que si se provee a un número inmenso de personas de una plataforma abierta para decir lo primero que les viene a la mentecita, dirán unas cosas pavorosas.

Lo que me sume en la siguiente paradoja: por nada del mundo quisiera tener más lectores, pero es completamente insostenible publicar sin pretender tener lectores. Si uno, sincera y honestamente, no quiere lectores, no publica. Fin del asunto. Pero ¡vean esos lectores! ¡Qué pandilla de cretinos maleducados! Es cierto que no soy lo que se dice un dechado de virtudes y modales, pero valoro inmensamente la buena educación, y en internet —esto es más que sabido— no abunda.

Si uno publica en papel —cosa que, como es evidente, tarde o temprano pretendo hacer, y esto solo porque hoy se deja a cualquier ignorante publicar, lo que deja el listón a mi altura—; si uno publica en papel, decía, se tiene al menos el consuelo de saber que condenarán la obra de uno a la ignomia, junto a otros cachivaches sin uso práctico alguno, como un hilo dental que brilla en la oscuridad.

CN: ¡Aburrido!

De modo que he barajado la posibilidad de mantener este blog con una lista exclusiva de lectores (no: ¡usted no está en ella!, qué se imaginaba). A los elegidos, naturalmente, les removerá el estómago primeramente el esnobismo de pertenecer al selecto grupo escogido por una persona tan sexy y bien dotada como el que escribe; pero a continuación les pesará como un yugo sobre los hombros la idea de estar para siempre amarrados a mi prosa débil y febril. Además, aunque ligero, llevar un blog es un esfuerzo, y aunque los quiero, muchachos, no estoy dispuesto a hacerlo por cinco pelagatos (que es aproximadamente el número de personas que efectivamente leen estas líneas).

FS: pásame las palomitas. ¿Dan otra cosa en la tele? En mi época usábamos máscaras para lo que está haciendo ella.
CN: ¿Y cómo se lo ponían en la boca?
FS: Por entonces tampoco tenían muchos derechos.
CN: Ah…
FS: Un invento maravilloso, de todos modos, el micrófono. [Si pensaba que Sófocles hablaba de otra cosa, es usted muy sucio]
CN: muy bien, Sierra, ¿has terminado de enumerar?
S: No estoy muy seguro.
FS: es que, en el fondo, le tiene afecto a su blog.
S: Aunque usted no lo crea, los principales motivos que tengo para pensar en continuarlo son mi bonito catálogo de islas a mano derecha, por no hablar de la espectacular fotografía que es nuestro frontispicio, y los peces de la parte de abajo.
CN: ¿Por qué no lo haces, de todos modos? Debes reconocer que tus razones no son lo que se dice de una lógica aplastante.
S: ¿La verdad? Me la trae un poco floja. Hablamos literalmente de cinco pobres diablos a los que les importa.
CN: ¿Tu madre, tu perro, tu hermana…?
S: Tu hermana es mucho más interesante. Pero se calcula así: hay doce seguidores. Recapitulemos:

Lautreamont: siempre fiel y amable, siempre agudo; pero tiene el defecto de hablar muy mal de la tragedia clásica (FS monta en cólera) y de aspirar a la cátedra Las Políticas Económicas y Tú, pero no quiere admitirlo.
Sinapsis: otro adolescente con problemas que probablemente sea la misma persona que Nosferatu —de quien hemos tenido la buena fortuna de deshacernos últimamente—, aunque en una versión anterior.
Berti: que cambia su foto de perfil cada dos semanas, y por quien siempre resulta agradable ser leído cuando encuentra el tiempo para ello. No tiene defectos que valga la pena mencionar, pero es una excelente poeta y una gran mujer. A propósito de lo cual, debería cobrar alguna clase de impuesto especial a los lectores valencianos… Hay muchos. Chilenos, en cambio, es una rareza de la que no cualquier blog puede presumir.
Calímaco: ¿Ese quién es?
Sylvia Rojas: ¿Esa quién es?
Blues: Gracias por haber dejado un comentario una vez.
Sambomba: Me suena, me suena… ¿esa quién es?
No tengo: este es un caso curioso, pero completamente repugnante. Gracias por no haber dejado nunca ningún comentario.
Héctor Meda: siempre amable, también muy fiel, y al parecer disfrutando de un día de navegación con vela menor al momento de tomar esa fotografía; pero en el fondo nadie quiere lectores más inteligentes que uno, da inseguridad, uno se restringe…
Irich: ¿ese quién es?
La Judith: yo una vez dejé un comentario en tu blog, tú dejaste un comentario en el mío… ¿era realmente una razón para que lo siguieras?
Ésther: vieja lectora (tómese en el sentido más halagador), que lamentablemente se sube definitivamente al bote demasiado tarde.

Una lista inservible, en suma. A ella habría que añadir dos o tres amig@s (esa arroba  va solo porque en esta entrada quiero caer todo lo bajo que se pueda), que tal vez me lean sólo para echarme en cara mis  defectos. Y habrá, quizá, uno o dos invisibles, incluyendo a la misteriosa dama (quiero que sea mujer) que me visita asiduamente desde Nueva York, lo que de por sí la hace interesante, aunque inalcanzable. También habría que incluir el notable caso de uno que entró a este blog buscando por google: “Jomer asiendo el amor con March” (todo sic., ¡sic.!, ¡por dios!).

Aquellos que saben que cuentan con mi aprecio y más sincero agradecimiento no necesitan que lo reitere ahora, así que me permito seguir insultándolos: ¿dónde estaban cuando los necesitaba, eh? ¿Creen que Fiji se compra sola? ¿Acaso no sienten ninguna culpa por permitir que sea algún ricachón el que se compre MI isla, mientras yo vegeto en una aldea de tercer mundo? ¡Inmorales! ¡Malagradecidos! ¡Cuántas horas habéis disfrutado leyendo a mi costa sin pensar nunca en MIS necesidades?

¡De qué gloriosos momentos les he provisto con este blog y ustedes no han sido capaces de donar unos miserables 65 mil dólares!

CN: Hagamos una recapitulación de esos grandes momentos del blog.
S: Estuvo la vez en que insultamos a los lectores…
CN: ¡Sí, fueron varias!
S: ¡Cómo les gusta!
CN: Se corren.
S: ¡No sea grosero! También estuvo la vez que añadimos la pecera del fondo.
CN: Sin duda, el ítem de más alto contenido en estas miles de páginas.
S: ¿Qué otra cosa hicimos?
CN: Insultar a los lectores.
S: Es que es muy fácil. Se lo buscan.
CN: ¡Cómo les gusta!
S: Se corren.
CN: ¡…!
S: También hay que reconocer que conocimos a un par de personas inteligentes y valiosas gracias al blog.
CN: Al fantasma de Sófocles…
S: A von Jenrich, compositor del que sólo Lautreamont ha oído hablar… Esperemos que no haya ido a preguntar por Novayaskitov… No-vayas-kytov… ¿Se entiende? ¿Ah? ¿Ah?
CN: ¿Dijimos algo interesante?
S: Depende: las estupideces las dijiste todas tú; las genialidades son cosa mía.
CN: Nombra tres genialidades que se hayan dicho en este blog, infeliz.
S: Pasemos a otro tema. ¿Es que nadie se ha preguntado nunca por el nombre de este blog? ¿De verdad? 
CN: Es conocida tu insulobsesión.
S: No obstante, esa falta de curiosidad es reprochable. En efecto, debe entenderse que la entrada más importante de este blog fue Cosmología, en la que se describía exactamente al borde de qué está la isla.
CN: ¿Y la isla es una metáfora de algo?
S: Posiblemente, posiblemente. Mira, son las tres de la mañana y estoy hablando contigo, las islas pueden ser lo que quieran.
CN: ¿Crees que te queda algo pendiente, algo por decir en estas páginas?
S: Al lector listo no hace falta explicarle nada; al imbécil no se le puede explicar nada con éxito, dejémoslo.
CN: ¿Crees que se te ocurrirá volver?
S: Es muy posible. Preferiría evitarlo.
CN: ¿Hay algo que tus lectores, multitudes de fieles, puedan hacer por retenerte en la blogósfera?
S: Depende. Si son chicas guapas, saben lo que pueden hacer; si son feas, no hay nada que puedan hacer; si son hombres, pueden hacer depósitos a mi cuenta bancaria.
CN: ¿De qué cantidades estamos hablando?
S: O bien la cantidad suficiente para agenciarme mi lote en Fiji, o lo suficiente para convencer a un catedrático oxonience de que deje su puesto para entrenar a un mico para que dé una vuelta por un loop en un monociclo mientras canta un aria de Wagner y hace malabares con bananas. (Casi todos los chistes realmente graciosos de este blog son prestados. Este es de un conocido capítulo de Los Simpsons).
CN: ¿Y estarías dispuesto, ahora, al final, a revelarnos tu verdadero nombre?
S: No veo qué daño podría venir de ello ahora. En realidad soy Umberto Eco.
CN: ¿En serio? ¡Demuéstralo!
S: Está bien. Cuando tenía cinco años, me hice un corte bajo el brazo con una lata de sardinas a medio abrir. No soporto la comida mexicana. No he leído ni la mitad de los libros de los que hablo. Estas son cosas acerca de Umberto Eco que sólo Umberto Eco podría saber; luego, yo soy Umberto Eco.
CN: Dios santo, y todo este tiempo tus lectores comentaron esas burradas pensando que eras un cualquiera…
S: Para que veas… Mantuve el anonimato para no coartar su necesidad de expresarse, incentivar su sentido de la crítica, etcétera.
CN: Qué magnánimo.
S: Y sólo sabes un décimo.

(Se abre el suelo de nuevo, utilizando los mismos efectos dramáticos de antes, pero más, para seguir impresionando. De la grieta salen todos los fantasmas de los cuentos de este blog)

FS: ¡Por fin!
CN: ¡Hora de irnos!
S: Se me ocurre, sin embargo, todavía una utilidad para el blog, como una suerte de  cuaderno de anotaciones, breves y dispersas, con escaso —pero algún— interés para los lectores. Si efectivamente me tienta la idea, resolveré el asunto a vuelta de vacaciones. Por ahora, ¡me largo!, y cuando se publique esto estaré a bordo de un avión, hacia una isla tropical, pensando exclusivamente en piñas coladas y demás cosas que hacen la vida digna de vivirse. De todos modos, el blog se volvería privado y usted no está invitado, pero deje su tarjeta para saber si siente algún interés.
FS: Vamos, que en los infiernos se montan una, para año nuevo, que no se olvida…

(Todos hacen una fila de conga y bajan cantando a los infiernos. La grieta se cierra con una nube de azufre)


martes 29 de diciembre de 2009

Nota para próximo proyecto, de título provisorio: Las cartaginesas

Frazer, en La rama dorada: 

Los grandes dioses de Babilonia, aunque aparecían a sus adoradores solamente en sueños y visiones, fueron concebidos como humanos en su forma corporal, humanos en sus pasiones y humanos en su destino, pues, como los hombres, nacieron en el mundo y, también como los hombres, amaron, lucharon y murieron.

[…]

Si de los grandes dioses, que moran lejos de las luchas y preocupaciones de esta vida terrena, se cree que mueren al fin, no es de esperar que un dios aposentado en un frágil tabernáculo carnal escape al mismo destino, aunque hayamos oído de reyes africanos que se creyeron inmortales gracias a sus propias hechicerías. Los pueblos primitivos, como ya vimos, creen en ocasiones que su seguridad, y más aún la del mundo entero, está ligada a la vida de uno de esos hombres-dios o encarnaciones humanas de la divinidad. Es natural por esto que se observen extremos cuidados con su vida, en consideración a la del propio pueblo. Mas ninguna suma de cuidados y precauciones evitará que el hombre-dios vaya haciéndose viejo y débil y, que al final, muera. Sus adoradores deben contar con esta triste necesidad y resolverla como mejor puedan. El peligro es formidable, pues si la marcha de la naturaleza depende de la vida del hombre-dios, ¿qué catástrofe no podrá esperarse de la gradual debilitación de sus poderes y de su extinción final en la muerte? Sólo hay un procedimiento para evitar estos peligros; matar al hombre-dios tan pronto como muestre síntomas de que su poderío comienza a decaer, y su alma será transferida a un sucesor vigoroso antes de haber sido seriamente menoscabada por la amenazadora decadencia. Las ventajas son bastante evidentes para el salvaje, porque si el hombre-dios muere de lo que llamamos muerte natural, significa, en consecuencia, para el salvaje que su alma se ha marchado voluntariamente de su cuerpo y rehusa volver o, más a menudo aun, que ha sido arrebatada o por lo menos detenida en sus correrías por algún demonio o hechicero (1). En cualquiera de estos casos, el alma del hombre-dios se ha perdido para sus adoradores y con ella se ha marchado la prosperidad y la propia existencia de éstos se halla en peligro. […] En cambio, matándole, sus adoradores, en primer lugar, se aseguran la captura de su alma cuando escape y su transferencia a un sucesor apropiado y en segundo lugar, matándole antes de que sus energías naturales se abatan, podrá asegurarse que el mundo no decaiga al par de la decadencia del dios. Todos los propósitos, por esto, quedan satisfechos y todos los peligros evitados, dando muerte al hombre-dios mientras está aún en su auge y transfiriendo su alma a un sucesor vigoroso. (314-5)

(1): Ver cómo relata Kapuzchinsky (¿sic.?) el miedo de los africanos a los hechiceros.

Maravilloso. Exactamente lo que buscaba, ya me ha sido de una utilidad invaluable. Como enormes piezas de un puzle que flotaban por mi mente, los hechos fundamentales del plan han encajado con la lectura. Ahora, esa infinidad de detalles. Sí, querido lector, esta entrada no tiene otro propósito que el de generar expectativas mientras aún viven las del Impromptu (transfiero el alma matando a uno mientras vive, ¿se entiende la lógica?). Es decir, ¿tiene usted algo que leer para el próximo diciembre?

Ahora sobre Frazer, que tal vez genere curiosidad. Lectura sospechosa a priori, porque abunda en las bibliografías de, v. gr., Foucault y similares; pero hay que ver que también  Wittgenstein hizo abundantes comentarios a ella.

Nada mal. Lo de más arriba es la introducción al capítulo sobre reyes occisos, y no es disparatado. A continuación, sigue tal cantidad de ejemplos que llega a ser cansino y repetitivo; uno entiende que la segunda edición alcanzara los doce tomos. Y este es el punto esencial si está pensando usted en adquirir un ejemplar: faltan las referencias bibliográficas. La edición al uso es la tercera, que consta de un solo (muy grueso) tomo, al que se le han mutilado (por el propio autor, para beneficio de los universitarios que piensan solo en Depeche Mode y las anfetas, suspirando en los bancos de la facultad) las notas al pie que, imagino, con la cantidad de ejemplos propuestos debió alcanzar una masa crítica suficiente para una explosión metacultural (¡wow!). Al enterarme de esto en el prefacio me dio una mala impresión, pero puedo asegurar que la abundancia de ejemplos documentados, aunque carentes de referencias claras, suple al lector que no está tampoco dispuesto a hacer una verdadera lectura crítica. Si tenía planes para hacer su tesis doctoral sobre La rama dorada, sin embargo, mucho lo siento, necesitará los doce tomos.

Se agradece la elegancia y rigor de la prosa tardo-decimonónica (estoy usando un vocabulario, en esta entrada...), que separa a un texto serio de las payasadas metafórico-marxistas de Foucault.

lunes 28 de diciembre de 2009

Tres breves paraísos


Obra póstuma de Stephan von Jenrich (compositor de nulo éxito en vida y escasa recepción post mortem), Tres breves paraísos no es exactamente una ópera ni exactamente una obra de teatro ni exactamente una sinfonía concertante, pero es bastante de las tres cosas.

Es mayoritariamente tonal, lo que explica que la Viena de fin de siecle, perdonen mi mal francés, la ignorara por completo, pero introduce de todos modos algunas variantes que podríamos llamar vanguardistas, pero nos quedaríamos cortos.

Sinopsis:

Obertura: lento. Las cuerdas bajas preguntan, las altas responden. La flauta dulce “circula” (no sé de qué otra forma describirlo) por el fondo, armónica pero extrañamente incoherente. Cadencia como de mar. Se mantiene y suena a todo lo largo del primer acto.

Primer acto: en un palacio inglés. Oliverio es un adolescente que vive feliz, con una sola angustia: está por llegar a la edad en que será reclutado para servir en la marina de su majestad. Su madre, que lo quiere infinitamente, le oculta que está enferma y pronta a morir, para ahorrarle la pena de una separación definitiva. Sus amigos le ocultan, a su vez, que su novia, Margarita, tiene planes para buscarse a otro hombre cuando él parta. Oliverio, sin embargo, se entera de todo por boca de un sirviente mendigo, que quiere vengarse de una antigua ofensa infringida. El personaje asiste conmovido al fin del paraíso en que hasta entonces vivía, pero se siente incapaz de hacer nada al respecto. Un aria verdaderamente preciosa al final.

Segundo acto: Oliverio vive en París como agregado militar (o algo así) de la embajada. Está profundamente enamorado de Charlotte, quién sin embargo es una mala opción para él, pues tiene “antecedentes” (el lector comprende). De esto nos enteramos in absensia del personaje, quien se encontraba cumpliendo su deber los últimos 8 meses, y esta cifra le dirá al lector todo lo que tiene que saber: ¡sí!, ¡Charlotte es de esas que te dicen que están tomando pastillas y es todo mentira! Durante estos meses, la excafiche de esta desdichada criatura la ha estado chantajeando para mantener la boca cerrada… Uf, esto parece melodrama francés, por algo esta parte está ambientada en París. En fin, las cosas se enredan, Charlotte cree que su hombre la dejará y acaba pegándose un tiro, dejando al marino con su hijo. Todo el acto es un amasijo de arias entrecortadas que se solapan las unas a las otras, es un desastre. En realidad, el acto es un desastre; pero… tiene un algo.

Preludio al tercer acto: ¿qué es esto? Comienza con un solo de piano muy conmovedor, un poco como Debussy, un poco como Prokofiev y saltón como la sonata Nº32. Pronto se agregan las cuerdas. Vuelve a sonar el mar, esta vez explícitamente (el regie se ha empeñado incluso en llevarlo al escenario, con bastante éxito). Nótese que la desaparición del piano marca la aparición, un poco siniestra, de la cadenza del violín.



Tercer acto: Oliverio ha sido asignado a un puesto en Sumatra. Han pasado muchos años y está viejo. Su hijo no sabe que lo es, pues su verdadera identidad ha quedado escondida para todo el mundo. En la lejanía de su cargo, Oliverio trata de recrear para él las mismas condiciones en las que creció: el paraíso. Pero el chico quiere partir. Ya se sabe, es joven, quiere conocer mundo, mojar la pluma, etcétera. Desesperado por retenerlo, Oliverio le confiesa la verdad, pero el chico no se lo toma como cabía esperarse y monta en cólera. También su amante lo deja al enterarse, con el estúpido argumento de que no podrá jamás reemplazar al amor muerto (Charlotte), lo que hace a Oliverio exclamar “Las mujeres quieren siempre en prenda tu corazón, pero el suyo no se lo entregan sino al viento”, muy chic, qué puedo decir. Oliverio se queda solo en casa; pero no sabemos si la obra acababa realmente ahí o von Jenrich tenía otros planes para ella, ya que —como hemos dicho— se trata de una publicación póstuma.

Aunque defectuosa, tal vez por la imposibilidad de su autor para corregirla, es recomendable; sobre todo como botón de muestra de lo que hacían los vieneses que no se rompían la cabeza contra la atonalidad.

No recomiendo ninguna interpretación porque he tenido el gusto de verla en vivo, como cierre a la temporada de ópera del Teatro Municipal de Santiago.