Dándomelas siempre de resentido con el mundo, este iba a ser un texto virulento y amargo; pero como lo que tengo en el corazón, al fin y al cabo, es ternura, ha triunfado el amor y en lugar de un panfleto tenéis un elogio. Es decir, que en lugar de hablar pestes de la poesía, como algún benefactor debería hacer para bajarles los humos a esos engreídos, hablaré bien de la novela –que, por lo demás, no lo necesita, pues no es un género en vías de extinción. Desde luego, estoy de vacaciones y no pretendo nada serio: las circunstancias me impulsan a redactar algunas líneas que mi habitual aversión al trabajo y, sobre todo, al uso del cerebro, normalmente me impedirían por completo emprender por esta época.
Creo que sólo hay un arte superior a la novela, y precisamente por ser aquello que es la novela más que la novela misma: la música. Desde luego, hay cosas que la novela puede hacer y no la música: transmitir ideas políticas, por ejemplo, pintar costumbres; pero esas son características de la novela que también comparten, pongamos, los periódicos. Prueba de la vulgaridad de estas cosillas es que la propia música, cuando trata de apropiarlas, evidencia de inmediato el horror de aquello.
De modo que la música y la novela comparten más entre sí de lo que las hace hermosas que cualquier otra pareja de artes. También la danza se incluye en este grupo, pero confieso una total ignorancia que me impide hablar de ella. ¿Qué es lo que tienen en común, de dónde proviene el fundamento de su cualidad estética?
Música, novela y danza, son artes sometidas al tiempo, y de ahí que el fundamento de su estética sea una misma ironía trágica. Tomad nota: “ironía trágica” es uno de esos conceptos que, años después, se estudian en las facultades, desprovistos de todo contenido y significado. Temporalidad que no poseen la poesía, la pintura o la escultura. Dependiendo de qué tan sometido esté un arte a la temporalidad creo que podemos ordenarlos en una escala, de menos a más. La música, desde luego, es temporalidad pura: ni siquiera una grabación vuelve a ser la misma música: en rigor, la música sólo existe durante un instante, cuando sale del instrumento que la modula. Una novela no posee esa cualidad porque en teoría el texto permanece siempre igual, y aunque podría argumentar que en cierto sentido una lectura no es nunca dos veces la misma (como tampoco una interpretación musical), esta es una cualidad que comparte con la poesía –aunque yo haría algunos matices, pero me serán rebatidos. Además, en la novela el tempo de la lectura no está bajo el imperio del metrónomo, sino el capricho del lector. Y no me refiero al hecho de que uno pueda distanciar la lectura de una novela en un par de días o a lo largo de meses, pues el tempo de la lectura propiamente tal sucede sólo cuando de hecho se tiene el texto ante los ojos; pero hasta ahora nadie se ha atrevido a marcar un texto como adagio o presto excepto, hasta donde sé, yo mismo, que no valgo nada; y en cualquier caso, si nadie hiciera caso de las indicaciones, ni se notaría.
Sin embargo, el punto es que el hecho estético se produce, para el espectador, en una disyuntiva consustancial al arte: que su placer depende de la inminencia de su término. Una música infinita, como un salto infinito o una novela que apareciese indefinidamente por entregas, carece de todo sentido estético. En música, el oyente sabe, terriblemente, que un pasaje especialmente bello, un ritmo encantador, ha de morir: sólo eso nos hace amarlo. Un ejemplo clarísimo, para mí, es un momento del concierto para chelo de Dvorak, increíblemente delicado, que aparece a mediados del primer movimiento. Y lo peor es que sabemos que una repetición del mismo pasaje reduciría su placer a la mitad (o ved lo sutil del placer de un “minueto” tecno). La finitud de la idea es lo que nos inspira el amor por ella. El lector de oído duro disculpará que me extienda tanto con la música, pero además de venir particularmente a cuento, siempre me ha parecido que todo en literatura puede explicarse por analogía o con la música o con el sexo. Para no aburrir, sin embargo, cambiaré el analogado por ese otro recién mencionado: sabemos que un buen polvo acaba con el orgasmo, pero sin el orgasmo no tendría ningún sentido. Es el sumnum del placer. A las mujeres, que pueden correrse a gusto, diez, veinte veces sin terminar, les cuesta más comprender esta cuestión, y es esto, no la envidia al pene, lo que provoca todos los líos que llevan en la cabeza: Freud, como siempre, meaba fuera de tiesto.
Eso lo hace irónico: que sabemos que es provocar el placer lo que causa su fin, pero por otra parte, en la inminencia de ese fin tiene su fundamento el placer. Son dos premisas radicalmente antagónicas, de las que no hay síntesis posible –pero, sin embargo, están esencialmente imbricadas en un proceso dialéctico.
Lo trágico es que se parece a nosotros. No me canso de repetir esta cita, de Daniel Baremboim, dios le de una larga vida: “Sound has a beginning, has a duration, and it then moves on to another sound or it dies away. And this is what gives it the human quality, when I talk about the human condition: it is this, that every note is like alive, in the sense that it comes out of nothing, is here, develops, grows, etcetera, etcetera, and disappears or gives place to the next one. And for me this is in a way the very definition of the human condition, and it’s also the tragic element in musical sound” (tomado de sus Clases maestras).
Si tratara de hablar ahora también de lo trágico, no acabaríamos (y comienzo a recordar mis vacaciones). Pero hay otro aspecto que también es obligatorio señalar en defensa de la novela: es, junto con la música, la única expresión artística que puede conjugar tragedia y comedia, ser una o la otra o incluso ambas. (a estas alturas, el lector listo habrá notado que hablo sin distinguir realmente, de novela y drama. Es una distinción válida, ciertamente, pero la considero más bien cuántitativa... no creo que se aclare mejor nada si la hago).
Desde luego, esto no agota en modo alguno ninguno de los temas propios de la novelística. Pero agotarlos sería un fastidio. Intervengamos, en vez de eso, en una discusión comenzada en otro blog, de que somos lectores (cómo me mola el prural ese), en un post que –de hecho-- motivó este. Se trata de si el siguiente cuento de Kafka es o no lírico:
LA PARTIDA
Ordené sacar mi caballo del establo. El criado no me comprendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y monté. A lo lejos oí el sonido de una trompeta, le pregunté lo que aquello significada. Él no sabía nada, no había oído nada. En el portón me detuvo para preguntarme:
-¿Hacia dónde cabalga el señor?
-No lo sé -respondí-. Sólo quiero irme de aquí, solamente irme de aquí. Partir siempre, salir de aquí, sólo así puedo alcanzar mi meta.
-¿Conoce, pues, su meta? -preguntó él.
-Sí -contesté yo-. Lo he dicho ya. Salir de aquí, ésa es mi meta.
Con todo el respeto debido a las sensibilidades correspondientes, a mi el micro, con o sin Kafka, me parece una chorrada. A mí modo de ver, aquí no se dice nada. Probablemente –aunque me he llevado sorpresas al respecto-- se trate de algún papel suelto que ese cretino de Max Brod le habrá publicado al pobre Kafka postumamente.
¿Pero qué es lo que tiene este texto? En primer lugar, polivalencia de los significantes. A mí lo que me gusta es la honestidad, claro: cuando mi buen Céline dice “mierda” sabemos que se refiere a la que le sale del culo; aquí, cuando Kafka dice “Hacia dónde cabalga el señor?”, nadie tiene puta idea –de modo que se da lugar a esas elucubraciones fantasiosas de los lectores que leen “Kafka” junto al título y, como son en el fondo buena gente, se sienten obligados a encontrar la nota de genialidad en un texto que no tiene ninguna gracia. A Kafka, por lo demás, lo tengo en la más alta estima, porque se ve que tenía una preocupación sincera por los lectores, no quiso nunca publicar nada que considerare indigno; y, contra la opinión de los sucios kafkólogos, creo que cuando K. dice “castillo” dice “castillo” y no “dios”, “el emperador”, o alguna otra chorrada. Este tipo de textos, es sabido, los escribía más para sí mismo que para nosotros.
Pero volvamos al riel: lo primero, es que al lector se la suda que se acabe o no este microcuento, lo que es una característica que comparten la inmensa mayoría de los microcuentos.
Lo segundo, es que el cuento es un género infinitamente inferior a la novela, a pesar de todos los quebraderos de cabeza de Cortázar, sencillamente porque nunca nadie ha quedado irremisiblemente varado a mitad de uno; nadie sufre por escribir un cuento. Los cuentos son como entremeses, como polvos de matrimonio: no sufres por ellos, están asegurados. Te llega la inspiración una tarde, te sientas dos horas a escribir un cuento, te tomas una coca-coca y te sacudes a la vieja sobre la mesa del comedor. No sufres. No hay una gota de heroísmo en ello. Proust se encierra veinte años a escribir una novela que casi nadie lee: eso es valiente, carajo, heroico de verdad. La inspiración es para perezosos: la genialidad comienza donde termina el cuento. ¿Que me cago en Borges? Pues me cago. En quién haga falta. Nunca he lamentado que se acabe un cuento, que lo sepáis. El cuento es un pasatiempo. Una novela es como la mina más buena que has visto en toda tu vida, y tienes dos o tres estaciones de metro para ligártela: si acabas llevándotela a casa, ese es un polvo que no confundirás con ningún otro de tu vida.
Tercero: que aquí no se narra nada, vamos. La narración necesita de dos elementos, que se coloquen uno delante del otro, y consiste en la respuesta al preguntarse por qué el uno antes y el otro después. Pa' mí que Kafka, en todo el proceso de escritura de este texto, no pensó, de verdad, ni media vez. Como yo no he pensado para escribir todo esto: mi cerebro no interviene en lo más mínimo, simplemente practico redacción como quién hace sppinning, o cómo se llame eso que hacen con las bicicletas estáticas. Hablando en serio: yo, como todo el mundo, he escrito textos igual de brillantes que La partida, y prueba de que carecen de todo valor es que a mí me leen tres pelagatos con suerte, y lo mismo le pasaría a Kafka si se hubiese quedado con cosas así.
¡Peeeero! Lo que el texto sí es, es lírico. Es decir, es un poema lírico en prosa. Me acabo de cabrear enormemente, porque noto que sí será necesario un texto en que hable pestes de la poesía, para explicar ahora qué es lo que llamo un poema lírico en prosa, y por qué toda la idea me parece idiota, etcétera, etcétera, y me canso de sólo pensar en lo rimbombante de todos los insultos que voy a tener que emplear para decir esas pocas cosas... Lo dejaremos para otra.
Mas hay una última idea con la que quería terminar hace rato. Los lectores de novelas tienen una cualidad que no tendrán nunca los de poesía: inocencia total. Al menos, de cierto modo ideal. Esto porque los niños lo que leen son novelas: el día que me mostréis un mocoso con Rilke en la mano diré que los poetas también pueden ser inocentes, pero mientras tanto acordaremos en que son todos unos esnobs, que sólo se leen entre sí porque escriben en jerigonza de club. Uhgh. Y la característica distintiva de esa inocencia es que, sencillamente, tenemos miedo cuando el héroe corre riesgo, y nos avergonzamos de sus ridículos amorosos, y nos sentimos excitados por su sensualidad, y temblamos con sus aventuras. Qué inocentes eran los oyentes griegos: basta imaginarlos oyendo recitar a Homero para entender lo que es la verdadera inocencia literaria. Se distingue a un buen lector porque teme por la suerte de Odiseo, en la Ilíada, cuando queda rodeado por los teucros.
Y de aquí, como dice en mi libro favorito, que nadie sabe nada de literatura, que no haya llorado porque una bella historia llegaba a su fin y había que decir adiós. Decir ironía trágica no es decir otra cosa, solo que más estiradamente. Pero en cuanto a estiramientos, yo llego hasta ahí: a mí lo verdaderamente bello sigue pareciéndome ese llanto infantil.
Ah, se me olvida: acordadme de hablar también de las constricciones de la novela. Es un tema fascinante, pero ya me dio sueño. No debí tomarme esa última copa, che, ya veo doble.
