miércoles 7 de noviembre de 2007

Les larmes de Jacqueline


(...)

Retirado permanente. Solicitable con carné de socio.

Sinopsis: Asistiendo a la ópera, Daniel, padre viudo, conocerá a una jovencita y hará un flirt con ella. Suena como poca cosa, excepto que si supiéramos todo sobre la vida de la persona que flirtea con nosotros, probablemente nos llevaríamos una gran impresión contrastándolo. Ella me cae bien.




La de la foto es Jacqueline Du Pré, una connotada chelista que tuvo que terminar su carrera y morirse realmente joven, porque le dio escleorosis múltiple y ya no podía sentir las cuerdas —al comienzo, y después cada vez menos su propio cuerpo. Hay una película sobre ella, que recuerdo difusamente de mi infancia, y el otro día vi un DVD de ella que me lo recordó todo. Les larmes d' Jacqueline es una pieza de Offenbach, que se murió en 1880, de modo que realmente me confunde que le haya compuesto una elegía a una chelista que no habría nacer hasta un buen tiempo después; pero mi grabación dice "Elegía": habrá que creerle sin entender. Tal vez se trate de una variación, o alguien le puso arbitrariamente ese nombre. La flauta mágica es una ópera archifamosa de Mozart, y el que quiere saber algo al respecto puede averiguar solito, tampoco se trata de que venga a explicarlo todo.
Pongo esta explicación —insólita en este blog—, primero porque... porque le hará más fácil la vida a todo el mundo, pero no tiene que ver directamente con el cuento. Segundo, porque una mujer con un chelo entre las piernas es una cosa bella —inesperadamente bella— y el caso de Du Pré es exactamente el tipo de romanticismo que me toca la fibra y me saca las lágrimas —un melodrama inaguantable.







Bien, el primer video es, precisamente, Les larmes de Jacqueline. No recuerdo cómo se llama la que toca, pero me parece una versión interesante... el tempo le da más drama que mi grabación antigua.
El segundo video es ella. Du Pré, desde luego. Es destacable que dirige Barenboim, otro genio a quien admiro profundamente y, de paso, marido de ella.
El tercero es el bellísimo dueto Papageno-Papagena de La flauta mágica. Sería bueno poner una traducción, pero la música es tan feliz que habla por si misma. Recuerdo que una vez oí un aria de El rapto del serallo y no podía parar de reirme... No soy fan de Mozart, pero hay que arrodillarse ante su genio operático: en eso era, verdaderamente, el mejor. Hacía lo que quería. Y después vienen tipos como Wagner y le dan al idioma alemán una mala reputación, seguido directamente por Hitler, que se las arregló para tomar un lenguaje refinado y sutil en una especie de jerigonza asiática, igual de gritona, igual de incolora y desagradable.


3 comentarios:

Eme dijo...

No sé qué decir. Me he quedado un poco...No sé cómo estoy, ni tampoco dónde. En la butaca junto a la niña, pero sin hablar con el padre; llorando con Jacqueline, o dejando pasar el metro que debería tomar. Desde luego, no estoy aquí.

No sé tampoco cómo se puede conseguir ese efecto en alguien que no entiende de ópera y no soporta los instrumentos de cuerda. Precisamente, tal vez, por no entender. Pero esa es otra historia. No sé cómo se consigue, en fin, a menos que quien lo hace...a menos que quien lo hace sea un gran escritor.

...

tu peor pesadilla.. dijo...

No, que triste. No me gustan las tristezas cuando se está triste. Igual lindo, pero por qué tiene que ser tan buena, eh?
Es el como los idealismos nos succionan...
Y tú, y la ópera y los vecinos.
Bien, bien.

mentecato dijo...

Cuando conocí a J. Dupré fue una conmoción fuerte. Gran intérprete. Magnífica. Y su vida ¡qué terrible!

Un abrazo.