Breve ensayo sobre la simplicidad literaria
Considere usted el incidente de Tepliz. Beethoven pasea acompañado por Goethe, a quién acaba de conocer mientras ambos veranean en el balneario austriaco. Ambos se admiran mutuamente. Entonces aparece, por un recoveco del camino, la familia real: emperatriz y corte.
Goethe se hace educadamente a un lado, se saca el sombrero y espera hasta que han pasado.
Beethoven, cuenta la anécdota, se cala el sombrero hasta casi los ojos, y —portador de una nube negra— pasa a través de ellos con las manos cruzadas tras la espalda.
Después espera a Goethe un poco más allá, y le dice de sopetón lo que piensa sobre su actitud “de lacayo”.
Y considere la estadía de Bonaparte en Weimar. Hay que decirla cómo la narra Milan Kundera: Bonaparte está sentado solo, mientras estudia algunos documentos y come un plato de carne con papas fritas anacrónicas. Entra Goethe, que ha sido mandado a llamar, y el emperador de los franceses (ayudando la carne con un trago de vino), le suelta “He aquí un hombre”. Después conversan y Bonaparte le da ideas para una obra, que debería tener fines educativos, ya que “el teatro debería aspirar principalmente a educar al pueblo”, le explica a Johannes Wolfgang von Goethe —visiblemente ignorando la contradicción entre las cosas que venía diciendo. Entra una turba de generales, para consultar algo, y el poeta es tristemente olvidado; le pregunta al lacayo si debe entender que la entrevista ha terminado.
El incidente de Tepliz lo inventó Elisabeth von Armin, y Bonaparte era un hombre que pensaba en música usando los términos "ruido" y "soportable". Considere usted eso, prosista.
Goethe se hace educadamente a un lado, se saca el sombrero y espera hasta que han pasado.
Beethoven, cuenta la anécdota, se cala el sombrero hasta casi los ojos, y —portador de una nube negra— pasa a través de ellos con las manos cruzadas tras la espalda.
Después espera a Goethe un poco más allá, y le dice de sopetón lo que piensa sobre su actitud “de lacayo”.
Y considere la estadía de Bonaparte en Weimar. Hay que decirla cómo la narra Milan Kundera: Bonaparte está sentado solo, mientras estudia algunos documentos y come un plato de carne con papas fritas anacrónicas. Entra Goethe, que ha sido mandado a llamar, y el emperador de los franceses (ayudando la carne con un trago de vino), le suelta “He aquí un hombre”. Después conversan y Bonaparte le da ideas para una obra, que debería tener fines educativos, ya que “el teatro debería aspirar principalmente a educar al pueblo”, le explica a Johannes Wolfgang von Goethe —visiblemente ignorando la contradicción entre las cosas que venía diciendo. Entra una turba de generales, para consultar algo, y el poeta es tristemente olvidado; le pregunta al lacayo si debe entender que la entrevista ha terminado.
El incidente de Tepliz lo inventó Elisabeth von Armin, y Bonaparte era un hombre que pensaba en música usando los términos "ruido" y "soportable". Considere usted eso, prosista.

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