viernes 8 de febrero de 2008

Ensayo sobre los hábitos de lectura / En defensa de la novela




Ensayo sobre los hábitos de lectura
(y también,)
En defensa de la novela

Desde el siglo XIX la novela ha recorrido un camino abrupto, con una velocidad sin precedentes en ningún género literario, hacia un código expresivo más complejo. Mientras que la poesía se desarrolló desde Homero hasta e. e. cummigs para alcanzar su actual complejidad, que la vuelve extremadamente impopular, la novela estalla ante el rostro de los críticos a partir del romanticismo. En efecto, el género era considerado perjudicial para el intelecto y para la sociedad, incluso para la libido: tal como hoy en día la televisión. Sin embargo, es evidente que desde entonces hasta hoy, grandes cumbres literarias se han alzado para el género prosaico.
Esto implica, sobre y ante todo, que el código que emplea la novela se hace más sofisticado. Desde Los miserables hasta Océano mar, Viaje al fin de la noche o Amberes, pasando por La señora Dalloway, hay —evidentemente— una creciente acumulación de sofisticación. Así como el oyente de la Ilíada no tenía que saber leer, el lector de El conde de Montecristo no debía ser demasiado experimentado —aunque para la Ilíada era y es imprescindible una cierta cultura que, cuando fue compuesta, flotaba en el aire libremente y era de conocimiento general de su público—. Sin embargo, el adolescente que trata de leer por primera vez un libro sin la imposición del colegio, si se enfrenta a Viaje al fin de la noche se verá irremediablemente derrotado.
Los grandes autores son tales porque quiebran el código que es el lenguaje, haciéndole expresarse de modo nuevo. Para que el lector entienda las transgresiones, sin embargo, es necesario que domine a la perfección el código estándar. Si un hombre tiene que esforzarse para entender las etiquetas de la comida para gatos, es imposible que se aventure a leer un Virginia Woolf.
Pero llega un momento en que, de tanto leer El código DaVinci, o La sombra del viento, el lector empieza a cansarse de las simplezas del código, y busca una comunicación más enrevesada, pero también, mejor para expresar lo que, para un lenguaje ortodoxamente convencional, es inefable.
Es por esto que los grandes autores inventan convenciones nuevas.
Las nuevas convenciones requieres dominar las anteriores.

Ahora bien, hay un llanto amargo porque la juventud deja de leer. Y, cuando leen, eligen La sombra del viento y no Fausto. Ello lleva a pensar que el género de la novela está muriendo.
¿Cuál es la cura para la novela? ¿Qué le permitirá seguir siendo un género actual? Nada: si la novela está condenada a morir, se trata de un proceso irreversible. Porque, al igual que la poesía, ha alcanzado una complejidad que la aleja del público neófito. ¿Por qué nadie lee poesía? Porque es compleja, y las claves para entender los nuevos códigos están enterradas en poesía de siglos anteriores, ya tan lejana a la sensibilidad contemporánea, que para el neófito no son atractivas.
La respuesta sería simplificar el código. Pero ello es contrario a las tendencias del arte, pues habiendo alcanzado complejidad, renunciar a ella tendría el mismo sentido que para Lucy la australopitecus volver a escalar a los árboles. Y el sinsentido no se deduce de que Lucy o la novela de código complejo sean ontológicamente superiores a sus predecesores —¡y qué afirmación!—, sino de que la evolución de ambos avanza sobre un riel de un solo sentido, por el que retroceder significa extinguirse —hay que recordar que para evolucionar hay, en primer lugar, una razón.
Sin embargo, es equivocado decir que el género de la novela agoniza, por la sencilla razón de que la renovación del código literario, que implica mayor complejidad, afecto sólo a una porción insignificante del volumen de producción literaria. Existe una tendencia artificiosa a considerar literatura sólo a la que se caracteriza, precisamente, por su dificultad interpretativa. La última novela de Stephen King, o Tom Clancy es descartada como entretenimiento barato. Y es cierto que de eso se trata, pero el criterio que distingue a la novela es sobre todo formal, y así es como cualquier texto entre tapas que contenga historias de ficción escritas en prosa es, a grandes rasgos, una novela —lo demás son matices que no importan a esta discusión. Y como nadie discute, porque prefieren quejarse de ello, que la gran mayoría de las novelas publicadas poseen un código simplísimo, me parece que el llanto por las preferencias literarias de la juventud está injustificado: ¿cómo podría esperarse que lean El Quijote si no han sido capaces de acabar un sencillísimo best seller? Por lo demás, sin best seller no habría Quijote, ni nada; y esto siempre ha sido así, porque el que cree que la literatura ha decaído en los últimos 30 años, y antes el mundillo literario era dominado por los grandes clásicos, es un iluso de irremediable estupidez: lo fácil siempre ha dominado el mundo de las artes, de la política, de todo.

Lo cierto es que la gente siempre ha leído poco y mal.
Hoy la pregunta es, ¿está leyendo aún menos? Probablemente. Después de todo, códigos mucho más sencillos que la novela se han puesto al alcance de todos: ni siquiera es necesario tener un cerebro para mirar un espectáculo de payasos transmitido por televisión —y, en este sentido, el cable será el gran medio para educar a las masas en el futuro, una vez que sea lo suficientemente barato como para erradicar por completo a la televisión nacional: lo peor de Hollywood es mejor que… el lector sabrá.
Sin embargo, el joven lector potencial, que hoy no leerá siquiera El código DaVinci, tampoco hubiese afrontado la lectura de Goethe en el pasado. La lectura es, ante todo, entretenimiento, y si Goethe palidece ante Dan Brown, es por las mismas razones por las que ambos son asnos ante Alien versus Depredador.
Por otra parte, el joven (conviene aclarar, me refiero a los que se encuentran entre los 12 y los 18) que lleva dentro de sí la suficiente complejidad como para comprender que le están estafando con Alien versus Depredador 2 —¡2!—, querrá leer El código DaVinci, y si encuentra suficiente gozo en la lectura, tal vez llegue el día en que pase las noches escondido debajo la sábana, con una linterna, leyendo. Pero no Las cuitas del joven Werther, no señor, porque ese sería un niño con problemas. Leyendo una novela de aventuras, mejor o peor —él sabrá ser juez—, que le producirá auténtica emoción.
Entonces entrará en contacto con el código literario.
Y si le gusta esa complejidad, que lleva dentro de sí, cuando crezca querrá profundizar en ella y tomará en sus manos la Ilíada, La montaña mágica, Ulises…
Esto es claro cuando se examina desde el punto de vista del lector y no del ministro de cultura. Al ministro le muestran que “Proust” es tenido por un piloto de carreras y no otra cosa (el chiste, debo reconocerlo, no es mío) y se escandaliza, porque le pagan para eso. Por lo demás, los ministros de cultura que yo he conocido han sido todos flamantes analfabetos, incluyendo una local que se horrorizó cuando le preguntaron dónde lleva tilde la palabra “educación”, pero encontró magnífico que le dieran el premio anual de no-recuerdo-qué a Carmina Burana, porque encontraba que Carmina había hecho un trabajo estupendo en los últimos años y realmente se lo merecía (¡…!).
Al intelectual también le parece horroroso que nadie sepa ni le importe qué o quién es Proust, porque es un intelectual y, como la mayoría no son demasiado honestos (por las pruebas me remito a Mondrian Kilroy), pues se horrorizan.
Al escritor, o sea a mí, me horroriza porque le tengo pánico al fracaso y, naturalmente, menos lectores hacen que sea más probable. Sin embargo, cuando lo pienso fríamente, no creo que mi clase de lectores (con toda probabilidad, el que devore con fruición este ensayo y no pueda esperar a mostrárselo a todos sus conocidos, recomendando a su autor para el Cervantes) haya disminuido; si acaso, ha aumentado junto al crecimiento de la población mundial. Porque la gente que lee-lee siempre ha sido el mismo trozo de la sociedad, y las estadísticas siempre han mostrado una alarmante tendencia hacia la disminución de la calidad literaria, lo que sólo es normal: el mundo siempre está a punto de devenir en la hecatombe cultural.
Pero desde el punto de vista del lector, lo importante es leer lo que le da la gana. Y la novela no ha muerto, porque hay suficientes novelas sencillísimas como para aventurarse al género sin sentirse como un idiota después de las primeras diez páginas.
Un último corolario: las grandes novelas del pasado que recordamos fueron, en su mayoría, éxitos de ventas. Goethe era adorado, James Joyce y hasta Céline fueron muy populares al momento de publicar, por no hablar de Homero (que hoy acumula polvo —aun entre los lectores más avisados, que se vanaglorian de despreciar la literatura de quiosco—, tristemente ignorado a pesar de lo emocionante que es). Desde luego, hoy sus obras están desfasadas con la sensibilidad contemporánea, y por eso son tan poco leídas —aunque cierta ralea opinará que es porque la gente es insufriblemente inculta y antes no lo era. Las obras de hoy que serán leídas en cincuenta años no son los latazos que leen (y no sólo compran) media docena de intelectualoides barbudos, sino las que venden bien, aunque tal vez no tan bien como las invenciones (paradójicamente quijotescas) de conspiraciones con J.C. como pieza de centro.

(Nota: las novelas y demás obras que he elegido como ejemplos, es porque las he leído. Excepto las de Goethe, Ulises y La montaña mágica, que tal vez sean las que impresionaron más al lector: siento decepcionar.)


(Esta columna, publicada el domingo en la Revista de libros de El mercurio, me parece muy atingente, y recomiendo su lectura. Hacer clic aquí)

(Otra NOTA DE UTILIDAD GENERAL: si al mismo lector que hasta ahora ha devorado este fascinantísimo ensayo —ya se ve, porque lo disfruta— le preocupa que de repente haya desaparecido la ficción de este blog —que para eso viene, después de todo, y no para oír pontificar—, es porque estoy trabajando en... pues en una novela. ¿Tendré la clase de lectores que necesitan este anuncio? No —¡ay, ya nadie lee!—, pero lo hago igual)

6 comentarios:

Esther dijo...

Estimado, debo retractarme ampliamente. Llegado el caso, el ensayo sí puede ser otro genéro tuyo. Ideas claras, soporte para ellas, argumentación, lógica coherente y de lectura amena.

Discutible, en función de varios parámetros, incluido las fuentes bibliográficas utilizadas (no me refiero a las novelas que se citan en el ensayo) o controversial; pero eso viene en el paquete de lo que se llama “Ensayo”.

No haré referencia a lo que sea poesía, por ignorancia supina. En cuanto al resto del ensayo, contiene un defecto serio para mí: me deja sin la posibilidad de polemizar, porque acuerdo con las ideas generales.
(salvo la posible interpretación de que Lucy quede incluida en el marco de una evolución con una razón)

Señalo la importancia del significado de esta línea:

“Sin embargo, el joven lector potencial, que hoy no leerá siquiera El código DaVinci, tampoco hubiese afrontado la lectura de Goethe en el pasado.”
Que sintetiza con precisión el sentido de la clase de análisis histórico que fundamenta el ensayo.

Y de esta, cuya sencillez es sólo aparente:
“Pero desde el punto de vista del lector, lo importante es leer lo que le da la gana.”

Confundir los objetivos del lector con los del autor, el sistema educativo formal o el círculo intelectual, posiblemente sea una forma tan eficiente de alejar lectores como Alien versus Depredador 2 (¿en serio hay una 2? ¿....?).
Y se confunde habitualmente.

En fin, he disfrutado mucho de la lectura; por cierto, quedo encuadrada en:
“con toda probabilidad, el que devore con fruición este ensayo y no pueda esperar a mostrárselo a todos sus conocidos”

O sea, no sólo te deseo, sino que como lectora me deseo que tu novela avance. Valdrá la pena quedarse sin tus ficciones durante un tiempo, si es que luego viene una novela firmada por Sierra.

Un abrazo,
Esther

Sierra dijo...

No me refiero en ningún caso a una razón planificadora. Pero es evidente que Lucy no bajó del árbol porque quería estirar las piernas, sino porque se iba a morir si se quedaba. Lo mismo con las novelas pues, literalmente, las novelas vienen de los árboles.

Por lo demás, es significativo que me reconozcas la capacidad de escribir ensayo cuando he escrito un ensayo no-literario.

En cuanto a las fuentes, en la mayoría de los casos son del todo innecesarias pues el lector puede si quiere llegar a las mismas conclusiones sentado en su sillón sin leer más que el ensayo.
En los casos en los que parecería necesario citar una fuente de la época, cuando hago afirmaciones sobre los hábitos de lectura del pasado y la percepción de los mismos, en todos los casos creo que el lector podrá concluir lo mismo usando su sentido común.

Pero el sentido común, aplicado al ensayo, es causal de que muchas boludeces queden como cumbres del pensamiento, de modo que no le pediré al lector que lo use, sino que tenga algo de fe en mis propias lecturas, si puede.

Gracias por pasar a leer.

FP dijo...

Muy bueno, Arturo.

Muy bueno.

F. dijo...

Podría ser una estrategia de marketing a largo plazo.

Muy bueno en realidad, aunque hay algunas opiniones que podría no compartir, ya las conversaremos por ahi, entre pasillos.

No olvides avisarme cuando publiques tu tan comentada novela.

Saludos!

F.

F. dijo...

Revisaste ese concurso de la DGE? Podrías empezar a hacer lobby 250,000 no son malos.

Recuerda, aqui vota el lector.

www.puc.cl/dge

Elisabet dijo...

Hola, Sierra,

Me he pasado por aquí por recomendación de una buena lectora tuya. Me interesan mucho tus ensayos, espero irlos leyendo poco a poco. De momento, éste me ha gustado, comparto en buena medida tus tesis y está bien escrito. Me quedo con estas reflexiones:

- que para ser innovador en un registro antes hay que dominar lo clásico y estandarizado (alguien dijo que los verdaderos revolucionarios son los ortodoxos)

- que mientras haya lectores que encuentren placer en la lectura, éstos pueden irse adentrando en códigos cada vez más complejos y refinando sus gustos; a veces una obra simple puede ser el puente hacia otras más elaboradas

Espero que te vaya bien con tu novela, ¿es la primera que escribes? Mi experiencia en esto es apasionante. Una vez empiezas con la primera, ¡siguen otras! Ahora mismo estoy escribiendo la séptima y corrigiendo la primera que me van a publicar en octubre... Aunque, debo decirlo, mis novelas son de lo que tú calificarías como "códigos simples", ¡simplísimos! Sólo espero que, pese a esto, haya lectores que lleguen a disfrutarlas y esto los anime a leer otras obras más elaboradas, ¡y ojalá también a los clásicos!

De todas las obras y autores que mencionas, para acabar, me rindo a Homero y su Ilíada.

Saludos, y que acabes bien tu novela,

Elisabet