Hilo curado
Sin modo de que alguien pudiera prever el desenlace, un niño elevaba su volantín. Estaba solo. De los que todavía tomaban café a la mesa —a una veintena de pasos—, el único que miraba el vuelo era un primo, a pesar de que se había resistido cuando el niño le pidió ayuda para elevarlo; sólo se levantó cuando su madre dijo que si se le iba a subir tanto a la cabeza el vino del almuerzo, era mejor que no tomara esas cantidades —él gruñó que no lo dejarían nunca tranquilo y fue a sostener el volantín.
—¿Y conociste alguna mujer en Roma?
El tío insistía… De tanto en tanto se acordaba de hacerle alguna pregunta a su sobrino, tratando de sacarle confesiones picarescas sobre sus experiencias de estudiante en Italia.
—A ninguna especial…
El sobrino no sonreía, porque el Sol le daba en la cara y lo obligaba a hacer una mueca. Comenzó a recibir consejos… y ya no solo del tío: que si las italianas, que si la pasta…
Al fondo del jardín, el niño era el único que podía ver al otro volantín, que también habían elevado desde una de las casas del condominio. Sin parafernalia, apenas dos rombos tricolores, girando, deslizándose. El suyo era naranjo y amarillo, con una figura blanca al centro. Pasos de un baile.
—¿Cuántas copas llevas? Estás tomando mucho, ¿no crees?
—Tranquila, por favor… no es tanto, mamá.
Ambos volantines se acercaron demasiado. Una cosa sería que se hubiesen enredado, cayendo juntos, ir a buscarlos, encontrar a alguien. Pero lo que sucedió fue que el otro dio una vuelta al naranjo, amarillo y blanco, se enderezó y siguió suspendido mientras el hilo que sostenía en sus manos perdía tensión. El niño bajó los brazos y se dio la vuelta, pero a él nadie lo miraba. Sin más que hacer, comenzó a enrollar el carrete.
—¿Y conociste alguna mujer en Roma?
El tío insistía… De tanto en tanto se acordaba de hacerle alguna pregunta a su sobrino, tratando de sacarle confesiones picarescas sobre sus experiencias de estudiante en Italia.
—A ninguna especial…
El sobrino no sonreía, porque el Sol le daba en la cara y lo obligaba a hacer una mueca. Comenzó a recibir consejos… y ya no solo del tío: que si las italianas, que si la pasta…
Al fondo del jardín, el niño era el único que podía ver al otro volantín, que también habían elevado desde una de las casas del condominio. Sin parafernalia, apenas dos rombos tricolores, girando, deslizándose. El suyo era naranjo y amarillo, con una figura blanca al centro. Pasos de un baile.
—¿Cuántas copas llevas? Estás tomando mucho, ¿no crees?
—Tranquila, por favor… no es tanto, mamá.
Ambos volantines se acercaron demasiado. Una cosa sería que se hubiesen enredado, cayendo juntos, ir a buscarlos, encontrar a alguien. Pero lo que sucedió fue que el otro dio una vuelta al naranjo, amarillo y blanco, se enderezó y siguió suspendido mientras el hilo que sostenía en sus manos perdía tensión. El niño bajó los brazos y se dio la vuelta, pero a él nadie lo miraba. Sin más que hacer, comenzó a enrollar el carrete.

4 comentarios:
Bueno, muy bueno. Me quedo con una historia sencilla pero no simple(la imagen desolada del niño...) y una de las mejores prosas que te he leído.
Cariños,
Esther
Ahora que hay pasto y arboles y cielo a tu alrededor te pones a mirar hacia arriba?
Quien como tu Sierra, si pudiera emigraria tambien.
Su cigarrito un viernes?? Tengo clases por allà en la mañana.
F.
Tres tramas concentradas en tan poco espacio... En la sociedad, en la tierra y en el cielo. Las tres están muy bien ajustadas e interrelacionadas. ¡Muy bueno!
Solo puedo comentar lo siguiente: 'me agobió'.
Saludos, compañero.
Juan José
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