En segundo lugar, seguramente preocupará a todo el mundo la aparente oscuridad de este texto, lo que entraña una contradicción con algunos de sus propios dichos. Sin embargo, una lectura atenta y pausada revelará que, como he dicho, tal oscuridad es solo aparente. Es cierto que algunos conceptos, como el de buena fe no son claros por sí mismos, pero cuando me enfrenté a ellos por primera vez tampoco recibí más ayuda, y lo mejor ha sido ir desentrañándolos con el tiempo. Pretender una definición de buena fe probablemente dejaría el término sin ninguna fuerza real —ya se ve: ¿de qué debemos callar?
Hablando de primeros enfrentamientos, sin duda no puedo dejar pasar al lector sin mencionarle la profunda deuda que tiene mi Arte prosaica para con Amélie Nothomb, la sublime belga cuya obra entera ha sido inmisericordemente reducida a la categoría de "pop" por pelmas que no entienden que se trata de una broma privada entre ella y yo. Sin duda, no es ella la única a la que he robado frases completas —de hecho, la mayor parte del texto tiene este origen, con mayor o menor grado de colado mío—, pero a ella debo homenajear.
La idea central, eso sí, se la debo a Ende. Él fue un místico.
El mejor "método" para leer este texto consiste en ir desentrañando el paso de un párrafo a otro. Algunos se notan de inmediato; pero en otros parece como si el texto hubiese cambiado por completo de tema. No hay que dejarse engañar, sin embargo: entre una afirmación y la siguiente hay siempre un nexo, un punto en común. Si 1 es AB, 2 será BC. Es muy entretenido, en realidad.
Una última acotación necesaria: a diferencia de la primera, esta Arte prosaica no es fruto de una inspiración súbita, sino de un proceso de fermentación consciente más largo.
Eso es todo. Disfrutad... ¡salváos!
Arte prosaica nueva
La virtud del escritor es la sinceridad.
Pero su profesión es mentir. Por ello ha de mentir con sinceridad. Si aún no sabe que este es su trabajo o no sabe mentir de buena fe, no es escritor.
La ficción es otra cosa: no se parece a la realidad, por mucho que la imite: la realidad es verdadera; la ficción, sincera.
El escritor que quisiera cambiar la verdad de las cosas, o aun solo retratarla, equivocó de profesión si narra.
Porque al verdadero narrador no le importa su bien y mal: quiere a la obra, ¿qué le preocupa su felicidad o la de cualquiera? La medida de la máxima perfección del artista es su obra, no la moral.
Vicio y virtud son para el artista materiales de su arte.
Para los elegidos, la belleza es solo belleza, el horror no es una lección, el destino es solo la necesidad de una tragedia. La sinceridad no tiene moraleja.
Cuando un narrador escribe una obra, pero si la palabra que anhela su sentido no se significa a sí misma, sino a una tercera de mala fe, su escritor es insincero: falso envenenador. Sería mejor buscar metáforas en la naturaleza y llamarlas mensaje.
Pero un celote es obsceno: «viaje» significa tanto relato de la lejanía como amarga muerte y nacer de nuevo: es la misma mentira. El deber es expresarse de buena fe, huir de la insinceridad.
Los hechos de la vida no significan nada. La belleza literaria no es interpretarlos, sino sacarlos de la insignificancia. Frente a un universo informe e insensato el narrador se ve obligado a interpretar el papel de demiurgo: sin la extraordinaria aptitud de su pluma, el mundo jamás habría sido capaz de darle forma a las cosas, y las historias de los hombres habrían desembocado en la nada. Padecemos, se dice desde antiguo, solo para que los venideros tengan cantos.
Pero se necesita mucho más que una buena pluma para ser escritor, siquiera mediocre.
Hay contadores y prosistas. Algunos son grandes contadores y pobres prosistas —que suceda lo contrario es fatal: si hay que elegir, siempre la historia.
El buen prosista quiere ser músico. La música es arte hermana.
El buen contador quiere ser viajero.
Al narrar, la pregunta por el cómo solo ha de seguir a la de qué. El virtuosismo necesario del cómo se responde perfectamente de modo que sea decir exacto el qué de la única forma posible sin cambiarlo; si se puede otro modo, la narración se vuelve accidental y artificiosa, virtuosismo innecesario que debiera ser resumido.
La claridad, la ambigüedad, el realismo, la violencia verbal o el lirismo son recursos: deben administrarse en aras de la historia, no buscarse por sí mismos.
Si un escritor no sabe cuál es el nombre que le pondrá a su verdadera voluntad no tiene caso que se pregunte cómo realizarla. La pregunta abstracta por la escritura es absurda: escribir es un modo accidental de contar historias.
Una vez que sepa el nombre, que realice la voluntad de forma que este se escriba con el modo de cumplirla.
El viaje de un narrador es hacia su verdadera voluntad.
Por ello, el único mandato que se ha dado a los narradores es Haz Lo Que Quieras.
¿Cómo podría si no es sincero? ¿Cómo podría si no tiene un nombre? ¿Cómo podría si no tiene deseos? Debe confesarse lo que desea sin miedo a sus propias porquerías.
Sin deseos no hay historias.
Contar es viajar a la voluntad por el camino de los deseos. Esta es la pregunta: ¿qué es lo que deseo?
El arte no se deja en la oficina para volver a casa. La literatura se acostará entre el escritor y su amante. Si el autor puede esconder su arte bajo la cama, otro escribió por él; si puede huir de las historias, no son suyas ni las merece.
Por esto, la escritura es nociva. Inhabilita para la vida del mundo. Solo queda seguir envenenándose.
Así, el escritor se transforma en un extranjero de todas las tierras: viene de lejos, no volverá ni se quedará.
La suerte le deparará conocer a otros escritores en el viaje. Oirá hablar de Homero: es el santo padre augur, y habla en nosotros aunque no lo sepamos. Pero como cada escritor ha de llevar nombres propios para sus deseos, debe encontrar la forma de contar sus historias que sea la más suya. No buscará, sin embargo, romper con los viejos amigos que primero le regalaron sus historias solo por el placer de verlos enojar. El colmo de la gracia no es innovar la forma de contar de otros, sino la propia: ¡debe inventar siempre nuevos nombres para sus deseos! Debe cambiar el qué y el cómo a medida que cruce nuevas tierras en su viaje.
La anécdota acerca de la humanidad es solo una: que a todos nos toca morir. Son los personajes y lo que visten lo único que cambia: por eso nos encanta oír la misma anécdota contada de nuevo. Que no se cuente igual dos veces.
El escritor necesita un sexo para crear.
Necesita labios para darle sensualidad a la palabra. Con los labios se calla lo que no debe decirse.
Con las pelotas se resiste a la mala fe ambiental.
El órgano más importante del escritor es la mano: es la herramienta de la escritura como de la masturbación: ¡gloriosa dadora del placer!
El placer es lo más importante en la escritura. Escribir sin placer es criminal como violar niñas por hastío. Porque no hay duda del daño que provoca la literatura: la escritura lo jode todo. Basta pensar en los árboles cortados para papel, el cloro de blanqueado vertido en los ríos, en el dinero gastado para la impresión, en el dinero que le costará a los eventuales lectores, en el aburrimiento que esos infelices experimentarán al leerlos, en la mala consciencia de los que los compran sin leer, en la tristeza de los amables imbéciles que los leerán sin comprenderlos, pero sobre todo en la fatuidad de las conversaciones que seguirán a su lectura o no lectura, las comparaciones odiosas, envidia y rencor, la existencia de los críticos, las insufribles opiniones, por no hablar del padecimiento de los que de hecho lleguen a leerlos de verdad y se conmuevan.
El placer no es la justificación: es la excusa. Es la única excusa sincera.
Una vez que el autor sepa la historia que desea contar, debe pensar a quién contársela.
Escribir para uno mismo no es reprochable. Puede incluso publicarse: el perjuicio es para los infelices que lo leerán, no hay mala fe en querer hacerse un sueldo del morbo de esa gente. Y que se quejen si quieren del propio morbo.
Quizá lo más noble sea escribir para los niños. Ellos son los oyentes más sinceros, tampoco quieren más que su placer. Los griegos fueron una nación de niños-oyentes.
Se puede escribir para multitudes o para unos pocos, mientras se haga de buena fe. Al tener destinatario una historia, la buena fe es principalmente que el juego sea para el lector: no se debe cifrar nunca la historia; ante todo, ha de facilitarse la lectura en lo que se pueda sin alterar su modo de decir el cuento. Se ha dicho que el relato ha de ser un hacha que rompa la capa de hielo que nos cubre: el escritor debe procurar que esté afilada. Si el relato cuesta al lector, el hacha está roma. El juego propuesto para el buen lector es descubrir siempre algo nuevo en el texto, no romperse la crisma descubriendo qué dice ahí.
Lo más alto parece ser escribir para la obra misma.
Esto ha de hacerse como si se escribiera para otros, ya que es en otros que viene a realizarse la obra. Pero el que escribe para la obra ha perdido ya la fe en el lector prometido: su trabajo creció y sabe que ya no habrá quien lo realice plenamente: es una esperanza que no se permite más. Cuando se escribe así, se ha renunciado a los hombres: se está solo.
No debiera nunca uno contar nada esperando que no se traicione la confianza de narrar. Porque todo cuento es siempre un regalo, aunque inyecte veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que no se traiciona, el vínculo que no se enreda.
Para salvar la confianza, primero se ha de callar lo que el autor no ha querido decir.
Del mismo modo que el talento de un amante se mide por la extensión de piel que deja sin rozar, la sensualidad de un escritor se perfecciona en cuán inmenso parece el campo de lo que deja sin decir. Y en ese campo crece lo que habría quedado arruinado por la palabra.
Se calla por sensualidad. Es bello no haber dicho lo que no debía decirse.
Sin embargo, un mudo no tiene nada que callar. Solo calla propiamente quien ha hablado y enmudece.
Lo indecible sin duda existe: es lo místico. Es de aquello de lo que no podemos hablar de lo que debemos callar y esperar oírlo de una musa, canta, diosa, canta: la profesión de narrar comenzó rogando a la diosa que cante.
Pero su profesión es mentir. Por ello ha de mentir con sinceridad. Si aún no sabe que este es su trabajo o no sabe mentir de buena fe, no es escritor.
La ficción es otra cosa: no se parece a la realidad, por mucho que la imite: la realidad es verdadera; la ficción, sincera.
El escritor que quisiera cambiar la verdad de las cosas, o aun solo retratarla, equivocó de profesión si narra.
Porque al verdadero narrador no le importa su bien y mal: quiere a la obra, ¿qué le preocupa su felicidad o la de cualquiera? La medida de la máxima perfección del artista es su obra, no la moral.
Vicio y virtud son para el artista materiales de su arte.
Para los elegidos, la belleza es solo belleza, el horror no es una lección, el destino es solo la necesidad de una tragedia. La sinceridad no tiene moraleja.
Cuando un narrador escribe una obra, pero si la palabra que anhela su sentido no se significa a sí misma, sino a una tercera de mala fe, su escritor es insincero: falso envenenador. Sería mejor buscar metáforas en la naturaleza y llamarlas mensaje.
Pero un celote es obsceno: «viaje» significa tanto relato de la lejanía como amarga muerte y nacer de nuevo: es la misma mentira. El deber es expresarse de buena fe, huir de la insinceridad.
Los hechos de la vida no significan nada. La belleza literaria no es interpretarlos, sino sacarlos de la insignificancia. Frente a un universo informe e insensato el narrador se ve obligado a interpretar el papel de demiurgo: sin la extraordinaria aptitud de su pluma, el mundo jamás habría sido capaz de darle forma a las cosas, y las historias de los hombres habrían desembocado en la nada. Padecemos, se dice desde antiguo, solo para que los venideros tengan cantos.
Pero se necesita mucho más que una buena pluma para ser escritor, siquiera mediocre.
Hay contadores y prosistas. Algunos son grandes contadores y pobres prosistas —que suceda lo contrario es fatal: si hay que elegir, siempre la historia.
El buen prosista quiere ser músico. La música es arte hermana.
El buen contador quiere ser viajero.
Al narrar, la pregunta por el cómo solo ha de seguir a la de qué. El virtuosismo necesario del cómo se responde perfectamente de modo que sea decir exacto el qué de la única forma posible sin cambiarlo; si se puede otro modo, la narración se vuelve accidental y artificiosa, virtuosismo innecesario que debiera ser resumido.
La claridad, la ambigüedad, el realismo, la violencia verbal o el lirismo son recursos: deben administrarse en aras de la historia, no buscarse por sí mismos.
Si un escritor no sabe cuál es el nombre que le pondrá a su verdadera voluntad no tiene caso que se pregunte cómo realizarla. La pregunta abstracta por la escritura es absurda: escribir es un modo accidental de contar historias.
Una vez que sepa el nombre, que realice la voluntad de forma que este se escriba con el modo de cumplirla.
El viaje de un narrador es hacia su verdadera voluntad.
Por ello, el único mandato que se ha dado a los narradores es Haz Lo Que Quieras.
¿Cómo podría si no es sincero? ¿Cómo podría si no tiene un nombre? ¿Cómo podría si no tiene deseos? Debe confesarse lo que desea sin miedo a sus propias porquerías.
Sin deseos no hay historias.
Contar es viajar a la voluntad por el camino de los deseos. Esta es la pregunta: ¿qué es lo que deseo?
El arte no se deja en la oficina para volver a casa. La literatura se acostará entre el escritor y su amante. Si el autor puede esconder su arte bajo la cama, otro escribió por él; si puede huir de las historias, no son suyas ni las merece.
Por esto, la escritura es nociva. Inhabilita para la vida del mundo. Solo queda seguir envenenándose.
Así, el escritor se transforma en un extranjero de todas las tierras: viene de lejos, no volverá ni se quedará.
La suerte le deparará conocer a otros escritores en el viaje. Oirá hablar de Homero: es el santo padre augur, y habla en nosotros aunque no lo sepamos. Pero como cada escritor ha de llevar nombres propios para sus deseos, debe encontrar la forma de contar sus historias que sea la más suya. No buscará, sin embargo, romper con los viejos amigos que primero le regalaron sus historias solo por el placer de verlos enojar. El colmo de la gracia no es innovar la forma de contar de otros, sino la propia: ¡debe inventar siempre nuevos nombres para sus deseos! Debe cambiar el qué y el cómo a medida que cruce nuevas tierras en su viaje.
La anécdota acerca de la humanidad es solo una: que a todos nos toca morir. Son los personajes y lo que visten lo único que cambia: por eso nos encanta oír la misma anécdota contada de nuevo. Que no se cuente igual dos veces.
El escritor necesita un sexo para crear.
Necesita labios para darle sensualidad a la palabra. Con los labios se calla lo que no debe decirse.
Con las pelotas se resiste a la mala fe ambiental.
El órgano más importante del escritor es la mano: es la herramienta de la escritura como de la masturbación: ¡gloriosa dadora del placer!
El placer es lo más importante en la escritura. Escribir sin placer es criminal como violar niñas por hastío. Porque no hay duda del daño que provoca la literatura: la escritura lo jode todo. Basta pensar en los árboles cortados para papel, el cloro de blanqueado vertido en los ríos, en el dinero gastado para la impresión, en el dinero que le costará a los eventuales lectores, en el aburrimiento que esos infelices experimentarán al leerlos, en la mala consciencia de los que los compran sin leer, en la tristeza de los amables imbéciles que los leerán sin comprenderlos, pero sobre todo en la fatuidad de las conversaciones que seguirán a su lectura o no lectura, las comparaciones odiosas, envidia y rencor, la existencia de los críticos, las insufribles opiniones, por no hablar del padecimiento de los que de hecho lleguen a leerlos de verdad y se conmuevan.
El placer no es la justificación: es la excusa. Es la única excusa sincera.
Una vez que el autor sepa la historia que desea contar, debe pensar a quién contársela.
Escribir para uno mismo no es reprochable. Puede incluso publicarse: el perjuicio es para los infelices que lo leerán, no hay mala fe en querer hacerse un sueldo del morbo de esa gente. Y que se quejen si quieren del propio morbo.
Quizá lo más noble sea escribir para los niños. Ellos son los oyentes más sinceros, tampoco quieren más que su placer. Los griegos fueron una nación de niños-oyentes.
Se puede escribir para multitudes o para unos pocos, mientras se haga de buena fe. Al tener destinatario una historia, la buena fe es principalmente que el juego sea para el lector: no se debe cifrar nunca la historia; ante todo, ha de facilitarse la lectura en lo que se pueda sin alterar su modo de decir el cuento. Se ha dicho que el relato ha de ser un hacha que rompa la capa de hielo que nos cubre: el escritor debe procurar que esté afilada. Si el relato cuesta al lector, el hacha está roma. El juego propuesto para el buen lector es descubrir siempre algo nuevo en el texto, no romperse la crisma descubriendo qué dice ahí.
Lo más alto parece ser escribir para la obra misma.
Esto ha de hacerse como si se escribiera para otros, ya que es en otros que viene a realizarse la obra. Pero el que escribe para la obra ha perdido ya la fe en el lector prometido: su trabajo creció y sabe que ya no habrá quien lo realice plenamente: es una esperanza que no se permite más. Cuando se escribe así, se ha renunciado a los hombres: se está solo.
No debiera nunca uno contar nada esperando que no se traicione la confianza de narrar. Porque todo cuento es siempre un regalo, aunque inyecte veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que no se traiciona, el vínculo que no se enreda.
Para salvar la confianza, primero se ha de callar lo que el autor no ha querido decir.
Del mismo modo que el talento de un amante se mide por la extensión de piel que deja sin rozar, la sensualidad de un escritor se perfecciona en cuán inmenso parece el campo de lo que deja sin decir. Y en ese campo crece lo que habría quedado arruinado por la palabra.
Se calla por sensualidad. Es bello no haber dicho lo que no debía decirse.
Sin embargo, un mudo no tiene nada que callar. Solo calla propiamente quien ha hablado y enmudece.
Lo indecible sin duda existe: es lo místico. Es de aquello de lo que no podemos hablar de lo que debemos callar y esperar oírlo de una musa, canta, diosa, canta: la profesión de narrar comenzó rogando a la diosa que cante.

5 comentarios:
Sierra, estás a un paso de tener una audiencia imaginaria (esquizofrenia), pero aún sigo aquí.
Saludos.
"Por ello, el único mandato que se ha dado a los narradores es Haz Lo Que Quieras."
Vaya con ese poder divinal concedido a tantos mortales al buen tuntún. Aunque ahora que lo pienso, si nuestro supuesto Dios obtuvo su licencia así... ya entiendo por qué hay terremotos y catástrofes.
No es molesta esta nueva arte lectora. Puedo ver en los últimos párrafos algunos ecos del Odiseo. Y también algunas paráfrasis del Sr. Marías. Menos mal que él nunca lee blogs, porque si no, con la proverbial irascibilidad que le caracteriza, ¡podría verse en serios problemas!
Saludos
¿Poder divinal? Difícilmente, estimado Lautramont: no hay nada más difícil que hacer lo que se quiere, no se trata de un poder sino de un deber. Muy distinto es este mandato —pues realmente se trata de eso, aunque parezca lo contrario— a la buludez de Huidobro, que supongo allá no será tan cantado como por aquí, donde su Arte poética es el no va más de los adolescentes que imaginan ascender a la divinidad mediante la escritura.
No sé qué se figuraba Huidobro, con la apoteosis del poeta, pero para mí, el escritor (quizá porque a mí me preocupan los prosistas) es un personaje de lo más pedestre: su trabajo es contar historias. Ni siquiera inventárselas, ciertamente no es salvar almas, cambiar el mundo, ninguna de esas chorradas: contar la historia que verdaderamente quiere.
¿Conoce algo más difícil? ¿Cuanta gente, verdaderamente, ha vivido años y años sin tener ni puta idea de lo que quiere? Hacen lo que quieren otros; y por contagio, ¿cuántos escriben lo que escribirían otros, escriben para agradar otros, escriben porque no se les ocurre otra cosa que hacer? Solo la más pura voluntad debe guiar una pluma; y si no la hay, el único acto de buena fe redentora es no escribir, dejar la pluma como Prétextat Tach, Dios lo tenga en su gloria.
En realidad, no hay muchos consejos prácticos en este texto... No es como el clásico decálogo: "Nº5.- no hagas párrafos muy largos, Nº6.- corrije tus textos". Para obviedades así... No, este texto es más bien un código moral, como el de caballería: este es un manual de ética narrativa. Fuera de él se encuentra el Mal, y hay que darle la espalda.
En cuanto a Marías, su rechazo a internet, los teléfonos móviles y demás artilugios modernos no tiene nada de orginal, es incluso un poco bobo. Aunque le considero el mejor escritor en castellano vivo, creo que con eso no le echo demasiadas flores; lo que no quita que cuando realmente escribe lo que quiere, en lugar de desvariar durante una etenidad acerca de cuentos que no interesan (como aquello sobre la bibliografía de la guerra civil, que me hostigó por semanas), tiene intuiciones brillantes, como ese primer capítulo.
El poder se concede a todos los que empuñan una pluma, Sr. Sierra: otra cosa es que ellos sepan utilizarlo. O que nosotros sepamos.
Lamentablemente, no todos los escritores leyeron cómics en su juventud ni aprendieron aquello de "un gran poder conlleva una gran responsabilidad".
Claro que si no es un poder, sino un mandato, tiene toda la razón.
Sigo sin verle la fasceta omnipotente, Lautreamont. Hacer lo que uno quiere suele ser difícil —no tengo ganas de adjetivizar eso—. Eso, suponiendo que uno sabe lo que realmente quiere.
Estuve todo el día pensando en la condenada "movilidad"...
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