La inmortalidad de los cangrejos
Hay un dicho, a los que se encuentran con la mirada perdida: «¿pensando en la inmortalidad del cangrejo?». El cangrejo camina de lado: no ve su destino, sino el paisaje eterno del mar, con el que se confunde. No se me ocurre otra explicación para este refrán.
Yendo por cigarrillos, me quedé mirando los encendedores zippo que vendían en la tabaquería. Algunos tenían impresa la imagen de un fusil, el AK, que aparece en la bandera de tantos países. Hace unos días, veía un niño que iba a las compras con su madre, vestido completamente con camuflaje militar. ¿Y los juguetes de armas? Jugar a vaqueros e indios, a policías y ladrones, es una cosa; a la guerrilla, a soldados con fusiles, es muy distinto. Hasta el siglo XIX, puede entenderse que se haya hecho una idealización de la guerra; desde que Goethe vio, al llegar a Valmy —“con todo lo Goethe que era”—, que comenzaba una nueva era, ya no. La Gran Guerra debió bastar para mostrar al mundo que ninguna mente dotada de razón puede justificar la inmensa matanza que es la guerra; y, sin embargo. Nunca una cultura será tan pacifista que borre para siempre ese fantasma. Las conocidas motivaciones económicas y políticas son un problema meramente accidental: la verdad de las cosas, es que la guerra es la actividad más intrínsecamente humana, y evitarla está tan lejos de nuestro poder como dejar de ser hombres.
Todas las actividades más altas del espíritu convergen en la guerra. Para las artes, es una obsesión. La economía, y todos los ejercicios de racionalidad humana, la estrategia, la inventiva, las ciencias, vuelvan todos sus esfuerzos en una actividad que es un puro derroche de irracionalidad.
Todo lo que puede pensarse acerca de la guerra, ya estaba dicho en Homero. La impotencia de la inutilidad y, empero, la irresistible atracción. Y la gloria absurda y brutal de Aquiles.
Y el sentimiento, con Céline y Conrad, de que en ella sale lo más infecto del género humano: por una lógica pesimista e ineludible, lo más verdadero. El animal que somos.
La cuestión del espíritu trágico no tiene fondo. Se podría pensar toda la vida acerca de la tragedia y aún tener por descubrir. Muchos aspectos son esenciales: la muerte. Una tragedia no tiene que terminar en fatalidad, a pesar de la tendencia a que así sea; sin embargo, toda tragedia es una aproximación al problema de la mortalidad.
Esta es una de las preguntas de lo trágico: ¿qué sentido tiene la muerte?
La primera respuesta es estética.
Una buena vida es la planificación cuidadosa de la muerte. La muerte es inevitable, ese es el único hecho indudable de la existencia del hombre y de todo; pero el mal y bien que le corresponda de suyo depende de lo que ha sido la vida que ha conducido a ella.
El miedo a la muerte normalmente llena las vidas mediocres. El resultado es tratar de sepultar la inevitabilidad en un mar: el alcohol —“la sin muerte”—, júbilos obscenos y vacíos. La muerte es el único lexema fundamental de significación: alrededor de la muerte puede construirse la vida. Solo la posibilidad de morir otorga significado a los gestos. Solo lo fugaz vale la pena amarse.
Este es el optimismo de la fatalidad; es el amor al baile con la muerte. Pero no ofrece esperanza.
Réquiem: es importante, para los artistas, planear no solo el camino hacia la muerte, sino el acto final en concreto. La última música que se va a oír, el paisaje que se tendrá ante los ojos, el libro que se abrazará y los medios. Todo el significado estético de la obra depende de su colofón, y su grandiosidad: la vida de un artística es una obra demasiado importante como para descuidarla, y debe considerar su valor estético.

8 comentarios:
Una diminuta reflexión de lo más bella e inspiradora.
Y sin embargo, lo de la planificación de la muerte, si bien estético, es tan iluso. Había un cuento... de... bueno, no me acuerdo, y desgraciadamente estoy a muchos kilómetros de mi biblioteca; iba de un erizo, no, no, ése era otro parecido, era un tío, que planeaba su vida hasta el más mínimo aspecto. Pero de todos los aspectos rebeldes, el más rebelde es la muerte. Nunca podrás controlarla, a no ser que te apresures en suicidarte, lo que sería una pena porque el mar es muy bonito. La gracia del artista está en vivir intensamente, crear a destajo, y cuando le pille la muerte, estar a la altura de las circunstancias.
Por otra parte, entre las estrategias más vulgares (vulgar en el sentido latino) para darle un sentido a la muerte, me extraña que no hables de la religión y su promesa de eternidad, celestial o de fuego. ¡Por eso tantos se convierten súbitamente antes de palmarla!
Y por último, y ya me callo, creo que la guerra, siendo hoy en día en suelo occidental casi nula, no puede considerarse como lo que saca lo peor del hombre, hoy. Eso era antes, cuando estaba. Hoy es el juego del Parchís: todo el mundo trampea y se pica.
Interesante texto aunque el primer párrafo -¿seré obtuso?- me resulta hermético.
Decía Woody Allen, por poner una nota de humor, que él no tenía miedo a la muerto, simplemente no quería estar allí cuando sucediera.
No obstante creo que esa perspectiva de ver a la muerte como un suceso concreto, único e irrepetible sobre el que pivotar cualquier elección vital es víctima de una ilusión óptica y es que aún asegurada la inmortalidad personal no habríamos acabado con el drama de la existencia dado que esta se cifra en que la Muerte está actuando constantemente en nuestras vidas, escondida en los resquicios infinitesimales dejados por el tiempo, seleccionando ora un curso de vida ora otro y provocando que, ese sumidero de felicidades y esperanzas que es lo contrafáctico, lo que pudo ser, resulte inalcanzable.
Berti:
Desde luego, toda racionalización planificadora de la vida topa con el problema fundamental de que la vida, entendida así, es un proceso casuístico y, por tanto, ajeno a las teorías y las racionalizaciones. A un artista como a cualquiera, un camión puede atropeyarlo mañana, y dar al traste con sus planes. Sin embargo, como te decía alguna vez, el arte muestra la vida como debería ser; por tanto, es fundamental que un artistas se imagine la muerte artísticamente, o sea: como debería ser.
Las interpretaciones (convendría aclarar lo que entiendo aquí por interpretación, pero no es el momento) religiosas de la muerte, que le dan trascendencia en la creencia de la vida-post-mortem (aporía dónde las haya) son cosa de cada uno. Personalmente, creo que la esencia trágica se fundamenta en una incertidubre al respecto, por lo que en este texto --como en todo-- no estaba considerando el problema religioso. Sin duda, un creyente debe entender el hecho de su muerte de un modo distinto; pero eso, me parece, no está necesariamente en conflicto con la interpretación que plantea el texto.
En cuanto a la guerra en territorio occidental --y, habría que matizar, desarrollado--, no desesperes. Si sesenta años de relativa paz son todo lo que hace falta para convencerte de que la guerra ha desaparecido de occidente, te llevarás una macanuda sorpresa, porque en uso de mis facultades oraculares infusas, pronostico una gran guerra en occidente durante el tiempo de nuestras vidas. Yo ya tengo las maletas hechas para salir corriendo a las primeras señales.
Héctor:
Desde luego que el primer párrafo es duro. Ese refrán me ha dado dolores de cabeza toda la vida, porque siempre tengo que oírlo, y nunca he sabido qué significa. Algo que me pasa con la mayoría de los refranes, cierto, pero es un caso extremo. Sin embargo, la clave de ese priimer párrafo es la palabra "destino", y a través de él se vuelve una unidad coherente todo el texto, articulado en unidades aparentemetne tan diferentes.
Woody es mi dios.
Por otra parte, creo que el texto habla precisamente de una interpretación del hecho de la mortalidad opuesta a la solución trascendente de la inmortalidad. La única inmortalidad en que creo es la griega: un gran espacio pelado, gris, en que te sientas a esperar durante lo que queda de eternidad. La nada, en suma. Sin embargo, visto que esa nada es inescapable, al poco ser que tengamos (Cf., ensayo contrametafísico) no queda más que darle sentido, al modo de demiurgo, a través de una sintaxis de la muerte. Qué archicool suena esa frase, como si yo fuese un tipo que sabe de lo que habla y todo. Lo que quiero decir es que la nada es ineludible; luego, para otorgarle sentido es necesario, precisamente, no eludirla.
No desear que las cosas sean lo que no son; sino hacerlas exactamente lo que son, llevarlas al paroxismo, hacerlas estallar: es el modo feroz de vivir. Un precepto al que me atengo.
Gracias a ambos dos por pasarse.
A mi también me importa más bien poco la inmortalidad, aunque pueda sorprender, pero por las mismas razones por las que me importa más bien poco la muerte.
Sigo sin entender el refrán :-(
Igual te has confundido y es un koan :-P
Atención:
He leído el post con el acompañamiento del requiem de Ligeti y he sentido escalofríos: he sentido la muerte. Ciertamente emocionante. Un punto más para Ligeti (y para ud., Sierra), uno menos para mí...
Héctor, a decir verdad, creo que no hay nada que entender en el refrán. Es una de esas frasecillas lamentables... Ya me ha dado rabia, de sólo pensar en el refrán. Tendré que añadir los refranes a la advertencia básica de este blog: nada de metáforas, nada de refranes.
Perpetrador, muchas gracias por su visita. Me alegra, por ponernos a tono con el diálogo anterior, haberle causado una impresión estética; pero, por dios, ¡no veo cómo eso podría ser un punto menos para usted! ¡Anímese! Siempre es bueno demostrarse a uno mismo que se está dotado de alma.
Un cambio de estilo, un golpe de mano... Debería ponerse reflexivo más a menudo.
Se me va permitir citar un último refrán antes de que entre en vigor la prohibición ad aeternum. Encabezaba un libro de refranes que mi abuelo tenía oculto debajo de su sofá, junto a otro de chistes verdes. Dice así, y no lo olvide jamás:
"A la mujer y a la burra, cada día una zurra"
Espero que esto le haga cambiar de idea sobre nuestro folklore y la sabiduría de nuestros ancestros.
Oh, ese me devuelve un poco la fe. Qué sabiduría. ¿Cómo era el otro? «Pégale a tu mujer a diario: si tú no sabes por qué, ella sí». Es árabe.
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