domingo 19 de julio de 2009

Elogio a la novela -- Aproximación a la ironía No. 3

Elogio de la novela


Dándomelas siempre de resentido con el mundo, este iba a ser un texto virulento y amargo; pero como lo que tengo en el corazón, al fin y al cabo, es ternura, ha triunfado el amor y en lugar de un panfleto tenéis un elogio. Es decir, que en lugar de hablar pestes de la poesía, como algún benefactor debería hacer para bajarles los humos a esos engreídos, hablaré bien de la novela –que, por lo demás, no lo necesita, pues no es un género en vías de extinción. Desde luego, estoy de vacaciones y no pretendo nada serio: las circunstancias me impulsan a redactar algunas líneas que mi habitual aversión al trabajo y, sobre todo, al uso del cerebro, normalmente me impedirían por completo emprender por esta época.


Creo que sólo hay un arte superior a la novela, y precisamente por ser aquello que es la novela más que la novela misma: la música. Desde luego, hay cosas que la novela puede hacer y no la música: transmitir ideas políticas, por ejemplo, pintar costumbres; pero esas son características de la novela que también comparten, pongamos, los periódicos. Prueba de la vulgaridad de estas cosillas es que la propia música, cuando trata de apropiarlas, evidencia de inmediato el horror de aquello.


De modo que la música y la novela comparten más entre sí de lo que las hace hermosas que cualquier otra pareja de artes. También la danza se incluye en este grupo, pero confieso una total ignorancia que me impide hablar de ella. ¿Qué es lo que tienen en común, de dónde proviene el fundamento de su cualidad estética?


Música, novela y danza, son artes sometidas al tiempo, y de ahí que el fundamento de su estética sea una misma ironía trágica. Tomad nota: “ironía trágica” es uno de esos conceptos que, años después, se estudian en las facultades, desprovistos de todo contenido y significado. Temporalidad que no poseen la poesía, la pintura o la escultura. Dependiendo de qué tan sometido esté un arte a la temporalidad creo que podemos ordenarlos en una escala, de menos a más. La música, desde luego, es temporalidad pura: ni siquiera una grabación vuelve a ser la misma música: en rigor, la música sólo existe durante un instante, cuando sale del instrumento que la modula. Una novela no posee esa cualidad porque en teoría el texto permanece siempre igual, y aunque podría argumentar que en cierto sentido una lectura no es nunca dos veces la misma (como tampoco una interpretación musical), esta es una cualidad que comparte con la poesía –aunque yo haría algunos matices, pero me serán rebatidos. Además, en la novela el tempo de la lectura no está bajo el imperio del metrónomo, sino el capricho del lector. Y no me refiero al hecho de que uno pueda distanciar la lectura de una novela en un par de días o a lo largo de meses, pues el tempo de la lectura propiamente tal sucede sólo cuando de hecho se tiene el texto ante los ojos; pero hasta ahora nadie se ha atrevido a marcar un texto como adagio o presto excepto, hasta donde sé, yo mismo, que no valgo nada; y en cualquier caso, si nadie hiciera caso de las indicaciones, ni se notaría.


Sin embargo, el punto es que el hecho estético se produce, para el espectador, en una disyuntiva consustancial al arte: que su placer depende de la inminencia de su término. Una música infinita, como un salto infinito o una novela que apareciese indefinidamente por entregas, carece de todo sentido estético. En música, el oyente sabe, terriblemente, que un pasaje especialmente bello, un ritmo encantador, ha de morir: sólo eso nos hace amarlo. Un ejemplo clarísimo, para mí, es un momento del concierto para chelo de Dvorak, increíblemente delicado, que aparece a mediados del primer movimiento. Y lo peor es que sabemos que una repetición del mismo pasaje reduciría su placer a la mitad (o ved lo sutil del placer de un “minueto” tecno). La finitud de la idea es lo que nos inspira el amor por ella. El lector de oído duro disculpará que me extienda tanto con la música, pero además de venir particularmente a cuento, siempre me ha parecido que todo en literatura puede explicarse por analogía o con la música o con el sexo. Para no aburrir, sin embargo, cambiaré el analogado por ese otro recién mencionado: sabemos que un buen polvo acaba con el orgasmo, pero sin el orgasmo no tendría ningún sentido. Es el sumnum del placer. A las mujeres, que pueden correrse a gusto, diez, veinte veces sin terminar, les cuesta más comprender esta cuestión, y es esto, no la envidia al pene, lo que provoca todos los líos que llevan en la cabeza: Freud, como siempre, meaba fuera de tiesto.


Eso lo hace irónico: que sabemos que es provocar el placer lo que causa su fin, pero por otra parte, en la inminencia de ese fin tiene su fundamento el placer. Son dos premisas radicalmente antagónicas, de las que no hay síntesis posible –pero, sin embargo, están esencialmente imbricadas en un proceso dialéctico.


Lo trágico es que se parece a nosotros. No me canso de repetir esta cita, de Daniel Baremboim, dios le de una larga vida: “Sound has a beginning, has a duration, and it then moves on to another sound or it dies away. And this is what gives it the human quality, when I talk about the human condition: it is this, that every note is like alive, in the sense that it comes out of nothing, is here, develops, grows, etcetera, etcetera, and disappears or gives place to the next one. And for me this is in a way the very definition of the human condition, and it’s also the tragic element in musical sound” (tomado de sus Clases maestras).


Si tratara de hablar ahora también de lo trágico, no acabaríamos (y comienzo a recordar mis vacaciones). Pero hay otro aspecto que también es obligatorio señalar en defensa de la novela: es, junto con la música, la única expresión artística que puede conjugar tragedia y comedia, ser una o la otra o incluso ambas. (a estas alturas, el lector listo habrá notado que hablo sin distinguir realmente, de novela y drama. Es una distinción válida, ciertamente, pero la considero más bien cuántitativa... no creo que se aclare mejor nada si la hago).


Desde luego, esto no agota en modo alguno ninguno de los temas propios de la novelística. Pero agotarlos sería un fastidio. Intervengamos, en vez de eso, en una discusión comenzada en otro blog, de que somos lectores (cómo me mola el prural ese), en un post que –de hecho-- motivó este. Se trata de si el siguiente cuento de Kafka es o no lírico:


LA PARTIDA

Ordené sacar mi caballo del establo. El criado no me comprendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y monté. A lo lejos oí el sonido de una trompeta, le pregunté lo que aquello significada. Él no sabía nada, no había oído nada. En el portón me detuvo para preguntarme:
-¿Hacia dónde cabalga el señor?
-No lo sé -respondí-. Sólo quiero irme de aquí, solamente irme de aquí. Partir siempre, salir de aquí, sólo así puedo alcanzar mi meta.
-¿Conoce, pues, su meta? -preguntó él.
-Sí -contesté yo-. Lo he dicho ya. Salir de aquí, ésa es mi meta.


Con todo el respeto debido a las sensibilidades correspondientes, a mi el micro, con o sin Kafka, me parece una chorrada. A mí modo de ver, aquí no se dice nada. Probablemente –aunque me he llevado sorpresas al respecto-- se trate de algún papel suelto que ese cretino de Max Brod le habrá publicado al pobre Kafka postumamente.


¿Pero qué es lo que tiene este texto? En primer lugar, polivalencia de los significantes. A mí lo que me gusta es la honestidad, claro: cuando mi buen Céline dice “mierda” sabemos que se refiere a la que le sale del culo; aquí, cuando Kafka dice “Hacia dónde cabalga el señor?”, nadie tiene puta idea –de modo que se da lugar a esas elucubraciones fantasiosas de los lectores que leen “Kafka” junto al título y, como son en el fondo buena gente, se sienten obligados a encontrar la nota de genialidad en un texto que no tiene ninguna gracia. A Kafka, por lo demás, lo tengo en la más alta estima, porque se ve que tenía una preocupación sincera por los lectores, no quiso nunca publicar nada que considerare indigno; y, contra la opinión de los sucios kafkólogos, creo que cuando K. dice “castillo” dice “castillo” y no “dios”, “el emperador”, o alguna otra chorrada. Este tipo de textos, es sabido, los escribía más para sí mismo que para nosotros.


Pero volvamos al riel: lo primero, es que al lector se la suda que se acabe o no este microcuento, lo que es una característica que comparten la inmensa mayoría de los microcuentos.


Lo segundo, es que el cuento es un género infinitamente inferior a la novela, a pesar de todos los quebraderos de cabeza de Cortázar, sencillamente porque nunca nadie ha quedado irremisiblemente varado a mitad de uno; nadie sufre por escribir un cuento. Los cuentos son como entremeses, como polvos de matrimonio: no sufres por ellos, están asegurados. Te llega la inspiración una tarde, te sientas dos horas a escribir un cuento, te tomas una coca-coca y te sacudes a la vieja sobre la mesa del comedor. No sufres. No hay una gota de heroísmo en ello. Proust se encierra veinte años a escribir una novela que casi nadie lee: eso es valiente, carajo, heroico de verdad. La inspiración es para perezosos: la genialidad comienza donde termina el cuento. ¿Que me cago en Borges? Pues me cago. En quién haga falta. Nunca he lamentado que se acabe un cuento, que lo sepáis. El cuento es un pasatiempo. Una novela es como la mina más buena que has visto en toda tu vida, y tienes dos o tres estaciones de metro para ligártela: si acabas llevándotela a casa, ese es un polvo que no confundirás con ningún otro de tu vida.


Tercero: que aquí no se narra nada, vamos. La narración necesita de dos elementos, que se coloquen uno delante del otro, y consiste en la respuesta al preguntarse por qué el uno antes y el otro después. Pa' mí que Kafka, en todo el proceso de escritura de este texto, no pensó, de verdad, ni media vez. Como yo no he pensado para escribir todo esto: mi cerebro no interviene en lo más mínimo, simplemente practico redacción como quién hace sppinning, o cómo se llame eso que hacen con las bicicletas estáticas. Hablando en serio: yo, como todo el mundo, he escrito textos igual de brillantes que La partida, y prueba de que carecen de todo valor es que a mí me leen tres pelagatos con suerte, y lo mismo le pasaría a Kafka si se hubiese quedado con cosas así.


¡Peeeero! Lo que el texto sí es, es lírico. Es decir, es un poema lírico en prosa. Me acabo de cabrear enormemente, porque noto que sí será necesario un texto en que hable pestes de la poesía, para explicar ahora qué es lo que llamo un poema lírico en prosa, y por qué toda la idea me parece idiota, etcétera, etcétera, y me canso de sólo pensar en lo rimbombante de todos los insultos que voy a tener que emplear para decir esas pocas cosas... Lo dejaremos para otra.


Mas hay una última idea con la que quería terminar hace rato. Los lectores de novelas tienen una cualidad que no tendrán nunca los de poesía: inocencia total. Al menos, de cierto modo ideal. Esto porque los niños lo que leen son novelas: el día que me mostréis un mocoso con Rilke en la mano diré que los poetas también pueden ser inocentes, pero mientras tanto acordaremos en que son todos unos esnobs, que sólo se leen entre sí porque escriben en jerigonza de club. Uhgh. Y la característica distintiva de esa inocencia es que, sencillamente, tenemos miedo cuando el héroe corre riesgo, y nos avergonzamos de sus ridículos amorosos, y nos sentimos excitados por su sensualidad, y temblamos con sus aventuras. Qué inocentes eran los oyentes griegos: basta imaginarlos oyendo recitar a Homero para entender lo que es la verdadera inocencia literaria. Se distingue a un buen lector porque teme por la suerte de Odiseo, en la Ilíada, cuando queda rodeado por los teucros.


Y de aquí, como dice en mi libro favorito, que nadie sabe nada de literatura, que no haya llorado porque una bella historia llegaba a su fin y había que decir adiós. Decir ironía trágica no es decir otra cosa, solo que más estiradamente. Pero en cuanto a estiramientos, yo llego hasta ahí: a mí lo verdaderamente bello sigue pareciéndome ese llanto infantil.

Ah, se me olvida: acordadme de hablar también de las constricciones de la novela. Es un tema fascinante, pero ya me dio sueño. No debí tomarme esa última copa, che, ya veo doble.

9 comentarios:

berti dijo...

Bien, bien, está eso bien de no criticar sino alabar su "contrario". No ha criticado el uso de mis exclamaciones, ¡ya sólo faltaba, echar pestes contra unas sencillas exclamaciones! Sorpréndase usted, pero no estoy escandalizada. Sólo que disiento en algunos puntos fundamentales. Veamos. Amo la novela como usted, pero no la considero superior; porque para mí, son como los amigos, cada uno tiene su especialidad, lo que le lleva a tener su función, su ámbito. No existe ese amigo 100% polivalente, no, que sea igual de genial en todas sus cualidades, como tampoco existe ese género. Como a mí me gusta la literatura en general, no tengo sino elogios para cada uno de sus vértices; y preferencias. Hay meter aquello de "en lo suyo". En lo suyo, Celan es la leche. En lo suyo, Céline... según usted, etcétera. Ahora bien, ya me gustaría ver a mí un intercambio de papeles. Lo cual no significa que no haya quien trate de ser, o lo sea directamente, un "artista total", que mete la pezuña en cuantos géneros y artes puede. Pero ay, la divinidad no permite el talento equitativo, ni entre las gentes, ni entre los ámbitos.

En ese triángulo música-novela-danza, sobra, claramente, la danza. No porque yo no tenga ni idea -que no la tengo: ni ganas- sino porque, con la música y la novela, no hace falta ser un perfecto erudito para disfrutarlas, ya que sale espontáneamente. Con la danza ese placer espontáneo no sale, al menos no me sale a mí, que soy la que hablo, y que detesto el ballet, ya que tanta floritura corporal me jode la música.

Insisto en que los poetas son malinterpretados. Sí, no son inocentes, pero tal vez por eso la poesía es buena cuando es muy sincera. Dice usted que sólo la novela auna lo trágico y lo cómico. Pero resulta que hay multitud de autores que basan su poesía es captar ironías del destino, o de la naturaleza humana (diría que es su objeto básico) o incluso captar lo cutre (que a mí me parece una gran ironía). Algunos ejemplos: Manuel Machado (sus "retratos históricos" son paradigmáticos), Luis Alberto de Cuenca, Luis Carlos López... Éste último lo que hace fundamentalmente son estampas (también estampas de provincia, como en los poemas De tierra caliente, Hongos de la riba, Versos rurales... que acaba "ponte muy contenta: soy amigo del cura..."). Como sé que ud. y otros enemigos antipatriotas de la poesía aún más virulentos no me creerán si no se lo pongo justo en los ojos, cuando regrese de mi viaje haré pequeña una antología de poesía "no sólo lírica" o directamente 0 lírica, o poesía que uno no se espera leer cuando alguien le dice: ¡mira qué poema tan "bonito"! (expresión que se emplea desordenadamente con gentecilla como Benedetti, Neruda y demás).

berti dijo...

Sobre el cuentecillo de Kafka, veo que no ha gustado a nadie... Claro, porque está en una indefinición de técnica y fines que no satisface a los fanáticos de un género. A mí, si me gusta, es por lo que sugiere: no narra una historia, pero narra su principal motivo, la conclusión de la historia que se omite: la desesperación. La desordenada desesperación. El pobre sólo sabe que tiene que irse. Y cuando se vaya, ¿qué hará? No hay siguiente paso, mientras esté poseído por esa angustia.

He de desmentir que no soy ninguna kafkóloga, al contrario, sólo he leído sus cuentos y sus relatos (no todos); no sus novelas. De modo que no tengo ningún interés en defender a Kafka por su apellido; más bien le tenía tirria, cuando era más joven y radical, por ser tan famosillo y no parecerme a mi "tan" genial como ciertos pelotas proclamaban cuando el profesor estaba delante. ¡Esto de los gustos literarios, está vacío de destino! Todo ees oportunidad, casualidad.

En la metáfora (bueno, digamos comparación: se ha cuidado mucho de colar un Cambiaré el analogado por...) del orgasmo, ahí tiene ud. toda la razón. Una paradoja de lo más curiosa y natural, inevitable. Ahí, admito, que la poesía es otra cosa, sería como ¿el sexo tántrico, ése? No hay prisa ni emoción por acabar. Sí, no hay tempo.

Bueno, ¿cómo es posible que esté aquí pensando y repensando y no en la playa? Debo marchar urgentemente

Lautréamont dijo...

Me ha confundido un poco lo de la temporalidad de la novela y ese arduo intento de diferenciarla de otras artes. Puedo releer por decimoquinta vez "Guerra y paz" -al fin y al cabo está sobre mi estantería-, pero no puedo ir a Londres cuantas veces quiera a ver "La Venus del Espejo". El placer no es idéntico, pero en ambos casos hay algo de esa "ironía trágica", si creo que he entendido ese fabuloso concepto (de ahora en adelante, le sugiero que escriba "ironía trágica®", para coartar nuestras ansias plagiarias). La temporalidad, entonces, depende por un lado de las circunstancias, pero por el otro es característica común de cualquier arte: siempre permanece el hecho de que cada vez que leemos/vemos una obra de arte no somos los mismos.

Es decir, o admitimos que la repetición no es posible de ninguna de las maneras (a la manera de Heráclito) o por el contrario decimos que es posible, y entonces sí es igual para todas las artes. En este segundo caso sólo se puede diferenciar entre las que no son perecederas y las que lo son: la música, el teatro, los cuentos a la luz de la hoguera o las estatuas de arena. Toda forma artística, si nos ponemos radicales, tiene estas dos posibilidades: una más duradera, capaz de llegar a más gente y que sacrifica la inmediatez, y otra que es justo lo contrario.

Y desde una perspectiva filosófica, no olvidemos que la consciencia de esa "inminencia del término" es la sal de la vida (una sal un poco amarga, también). "Para cada cosa hay una vez que es la última", que dicen los ingleses, y de ahí que todo en la vida tenga ese encanto de la "inminencia de su término". ¿Tal vez la novela en un más alto grado? No lo creo; acabar una novela es cerrar las tapas de un libro; morir es cerrar las tapas de un ataúd.

La única diferencia que veo entre la poesía y la narrativa es formal. Lo he estado pensando, pero ni la poesía prescinde necesariamente del fondo ni la novela de la forma.

Otra paradoja que me ha llamado la atención y le delata:

"Los lectores de novelas tienen una cualidad que no tendrán nunca los de poesía: inocencia total."

Pero se usa como ejemplo... exacto, la Ilíada, un poema épico. Luego... para mí, lo más simple es concluir que poesía es aquello que está en verso, y que intentar diferenciar entre géneros por su contenido es, al fin y al cabo, tarea estéril y abocada al fracaso por la constante inventiva. 6 billones de personas que cuentan historias están trabajando cada segundo para producir excepciones a cualquier teoría literaria con ansias clasificatorias escolásticas.

En fin, reconozco que me he pasado con la crítica, porque de hecho estoy de acuerdo con casi todo en el ensayo. Pero ah, el placer de llevar la contraria y escuchar la propia voz...

Lautréamont dijo...

Y sobre el cuentecillo de Kafka, creo que es una adorable continuación de la tradición de los cuentos alegóricos de los judíos centroeuropeos: breves historias aparentemente simples que acaban con una paradoja y que sirven para meditar. Pero como sé que usted detesta la alegoría, no insistiré.

Eso sí, le recomiendo "Cómo acabar de una vez por todas con la cultura", de Woody Allen. En "Para acabar con la tradición judaica" contiene una descacharrante selección de pseudoleyendas hasídicas, y en "Para acabar con la filosofía" dos "parábolas" que son como echarle una tarta de nata en la cara a Kafka:

"Un hombre se acerca a un palacio. La única entrada está guardada por unos fieros hunos que sólo dejan pasar a hombres llamados Julius. El hombre trata de sobornar a los guardias ofreciéndoles por un año las mejores partes del pollo. Ellos ni se burlan de su oferta ni la aceptan, sino que simplemente lo cogen por la nariz y se la retuercen hasta que parezca un tornillo. El hombre dice que tiene que entrar a la fuerza en el palacio porque le trae al emperador una muda de calzoncillos. Al ver que los guardias siguen negándose, empieza a bailar el charlestón. Ellos parecen divertirse con su baile, pero pronto se ponen tristes por el trato que el gobierno federal otorga a los navajos. Sin aliento, el hombre se derrumba. Muere sin haber visto al emperador y dejando una deuda de sesenta dólares a los de Steinway por un piano que les había alquilado en agosto."

Hector1564 dijo...

Yo también polemizaré :-P

Es moneda común colocar la música en lo más alto del pedestal de las artes pero no acaba de convencerme porque a mi cada género artístico me da diferentes placeres, más bien recompensas, que no me parecen analogables. Hay diferencias cualitativas que me parece que hacen imposible una comparación la cuál siempre necesita de parámetros comunes mesurables.

Para terminar de convencerme tendría que explicarme por qué la música es el arte supremo; si es por dar plácer entonces ¿por qué no la pornografía?

En cuanto al microcuenta de Kafka, acierta Lautreamont. En una apología del escritor checo escrita por Harold Bloom (hablo de memoria, no he encontrado las palabras exactas) entiende que el relato es una alegoría del devenir del pueblo judío.

Yo entiendo que ese microrrelato no relata nada pero inocula un sentimiento de angustia que precisamente lo acerca más al género poético que narrativo o, mejor dicho, que demuestra que sus fronteras son difusas porque, al fin y al cabo, sí se relatan unos hechos.

A mi me ha gustado, emociona, pero he encontrado relatos más plásticos, siendo la plasticidad una virtud que sí exigo a todas las artes aunque no las agoten.

Hector1564 dijo...

No me he suscrito a los comentarios...espera...ya está

Sierra dijo...

¡Hostia, tío! ¡Comentarios! Da hasta como pa' pegarse el acento peninsular, cojonudo, con tal de hacerlos sentirse más cómodos, ¿no?, joder. El cliente siempre tiene la razón... No como estos cochinos argentinos, ¿viste?

Noto que no tengo tiempo pa' responderles, vuelvo a la tarde de vuestro viejo hemisferio noreste.

Sierra dijo...

Es más, he decidido que responderé en un post especial. Ya que Lautreamont me acusa de escolástico, le daremos la razón. Se me ha ocurrido una simpática idea para un opúsculo con vuestras objeciones. A ver si esta noche se me despeja lo suficiente la cabeza, si no les importa esperar.

Por cierto, me releo después de un rato, ese último comentario que hice, y qué pesado puedo ser a veces, dios, hasta cuando intento ser divertido.

berti dijo...

Apoyo el comentario de Héctor. Lo que yo decía: las artes, como los géneros, son diferentes, y en última instancia irreductibles a una unidad de medida de goce común.

"Cómo acabar de una vez por todas con la cultura" es uno de esos libros que releo cada mes y me sigo riendo como el primer día. A destacar el último relato, el de cómo acabar con Dios, o mejor dicho con las novelas policiacas.

Ya que habláis de judíos, transcribo el diálogo de Kaiser con el rabino:

"-Por supuesto que existe ya-sabe-quién, pero no puedo siquiera pronunciar Su nombre, de lo contrario me fulminaría en el acto. (...)
-¿Le ha visto alguna vez?
-¿Yo? ¿Está bromeando? ¡Suerte tengo si alcanzo a ver a mis nietos!
-Entonces, ¿cómo sabe que existe?
-¿Cómo lo sé? ¡Vaya pregunta! ¿Podría comprarme un traje como éste por catorce dólares si no hubiera nadie allá arriba? ¡Toque, toque esta tela de gabardina! ¿Cómo puede dudar?
-¿No tiene ninguna otra prueba?
-Oiga, ¿qué es para usted el Antiguo Testamento? ¿Un plato de garbanzos? ¿Cómo cree que Moisés pudo sacar a los israelitas de Egipto? ¿Con una sonrisa y un claqué americano? Créame, ¡no se abren las puertas del mar Rojo con polvo de rascarse! Se necesita poder.
-Así pues, es un duro ¿eh?
-Sí, un duro. Podría pensarse que con tantos éxitos estaría más amable, pero no.
-¿Cómo es que sabe usted tanto?
-Porque somos el Pueblo Elegido. (...)
-¿Cuánto Le pagáis para ser los elegidos?
-No me lo pregunte.
Entonces, así iba la cosa. Los judíos estaban liados con Dios hasta el cuello. El viejo negocio de la protección. (...)"